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No son misiles: Así es como Rusia está ganando la guerra a occidente sin disparar

jorge garcia
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Por Jorge García

Muchos siguen analizando el poder de Rusia con categorías del siglo XX, armas nucleares, ejércitos, geopolítica clásica sin lograr entender que el mundo ya cambió. Rusia no necesita ganar guerras… le basta con desordenar la mente de quienes las observan. Su verdadero poder no explota ciudades, explota narrativas que le construyen realidades.

El poder ruso ya no se mide en megatones, sino en percepciones, Rusia no destruye infraestructura, reconfigura la realidad. Salvo en Ucrania, y con resultados lamentables para uno de los ejércitos que se creía era de los más poderosos del mundo, y que prometió conquistar ese país en 2 semanas. Porque en el siglo XXI, el campo de batalla ya no es sólo territorial, es mental y Rusia lo entendió antes que cualquier país.

A principios de abril de 2026, una investigación internacional expuso una operación que debería haber encendido todas las alarmas en América Latina. Documentos filtrados revelaron que una red vinculada a inteligencia rusa, conocida como “La Compañía”, destinó más de 280 mil dólares para financiar la publicación de artículos en medios argentinos que se replicarían a nivel internacional con el objetivo de desacreditar al gobierno de Javier Milei dentro y fuer a de Argentina. (Emol)

No hablamos de bots aislados ni de fake news amateur. Hablamos de una estrategia sistemática de guerra híbrida, mezclar información real con falsedades, infiltrar medios, sembrar dudas y amplificar divisiones internas. (LA NACION)

Eso no es propaganda tradicional. Es ingeniería de percepción. Reportes de inteligencia han advertido desde hace años que Rusia no sólo opera con medios, sino con ecosistemas completos, redes de bots, influencers pro rusos, sitios web aparentemente legítimos y cadenas de distribución de contenido diseñadas para influir en el humor social y de forma indirecta incidir en decisiones políticas locales que lo favorecen.

El objetivo en principio no es convencerte de algo, es mucho más sofisticado, sembrar la duda, confundir, polarizar y desgastar a las sociedades con temas internos, porque las sociedades confundidas son manipulables.

México no es ajeno a este fenómeno. Meses antes de las elecciones presidenciales de 2018, distintos informes de inteligencia señalaron la presencia de actividad digital coordinada desde e Rusia para amplificar narrativas, atacar, desacreditar, ridiculizar adversarios políticos y moldear la conversación pública a favor del candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador.

Lo vimos incluso en Estados Unidos. Una de las operaciones más documentadas por los servicios de inteligencia de la historia reveló que Rusia en 2016 desplegó una maquinaria digital capaz de influir en millones de personas a través de cuentas falsas, protestas organizadas, contenido diseñado para polarizar. Una estrategia clara para dividir aprovechándose principalmente de temas raciales en contra de los latinos.

El sistema no busca convencerte, busca algo mucho más efectivo, te condiciona para que tú “sólo” te convenzas. No te dice qué pensar, define contra quién debes estar.

Imagina un país con regiones afectadas por desempleo y pérdida de poder adquisitivo. De forma coordinada aparentemente orgánica, comienzan a circular artículos, opiniones e influencers que repiten una misma idea: la crisis es consecuencia de la inmigración. Se instala una narrativa simple, los inmigrantes aceptan salarios más bajos y desplazan a los trabajadores locales. Días o semanas después, emerge un candidato con una solución igual de simple: cerrar fronteras, deportar indocumentados y “recuperar” los empleos.

En ningún momento los medios pidieron votar por él. No fue necesario. Ya habían construido el problema y preparado la respuesta para que los electores tiempo después elijan la opción que les programaron en el subconsciente para escoger. No es propaganda tradicional, es arquitectura de influencia.

Así, Rusia entendió algo que Europa subestimó, no podía derrotar a una Unión Europea unida y decidió romperla desde dentro. Antes de confrontarla, apostó por dividirla, pero no con sus tanques viejos de la Unión Soviética. El caso más claro fue el Brexit en Reino Unido, ahí Rusia identificó un malestar real en sectores inconformes con los resultados económicos, comerciales y sociales de pertenecer a la Unión Europea.

Con esa información, el mecanismo se activó, crearon conversaciones, foros y cientos de cuentas falsas, contenido constante, narrativas emocionales y una idea repetida hasta el cansancio: recuperar la soberanía, proteger la identidad, defender lo propio.

Los mensajes no hablaban de geopolítica, Hablaban de nacionalismo y años después, los ingleses votaron a favor de separar a su país de la Unión Europea. Incluso el propio parlamento británico ya reconoció la interferencia rusa en la conversación pública durante el proceso del Brexit.

Hoy vemos este mecanismo replicado en Europa del Este. Campañas digitales alineadas con figuras como Viktor Orbán en Hungría, ataques coordinados contra opositores, manipulación sistemática de la percepción pública e incluso el uso de inteligencia artificial para distorsionar narrativas en procesos electorales.

Rusia no impone una verdad, destruye la posibilidad de que exista una, no necesita decidir el resultado… Solo inclinar percepciones en momentos críticos.

Este modelo no es nuevo, lo que es nuevo es su escala. Joseph Goebbels entendía que una mentira repetida mil veces podía convertirse en verdad. Hoy, con redes sociales, algoritmos y automatización, esa mentira no se repite mil veces… se replica millones en segundos.

El problema ya no es la desinformación, el problema real es que la información dejó de ser un reflejo de la realidad, para convertirse en un arma para construir y quien domina la narrativa, domina el poder.

Rusia dicta las reglas explotando tensiones sociales utilizando temas raciales, religión, migración, entre otros para fragmentar sociedades desde adentro a través de anuncios dirigidos a grupos específicos (microtargeting). No son campañas aisladas. Es un framework replicable:

  • Detectar fracturas sociales
  • Crear contenido emocional (no racional)
  • Amplificar con bots + medios
  • Infiltrar medios “legítimos”
  • Generar polarización
  • Desgastar instituciones
  • Objetivo final erosionar la confianza en la verdad misma

El objetivo no es que creas en Rusia, es que dejes de creer en todo lo demás. Así en México el sistema ruso se enfocó en desacreditar al modelo económico y a los partidos políticos tradicionales, y una vez logrado esto, la ciudadanía estaría dispuesta a aceptar cualquier sistema de gobierno alternativo, por supuesto, a fin a Rusia.

Por eso, cuando hoy vemos conflictos como el de Medio Oriente, debemos preguntarnos quién está moldeando la conversación que favorece al régimen iraní que es el mismo que ha mandado asesinar a decenas de miles de sus ciudadanos por manifestarse.

La propaganda del siglo XXI ya no grita, no impone, se infiltra, se mimetiza y se vuelve indistinguible de la realidad, incluso a través de fotografías o videos que nadie podría distinguir de la realidad, pero nunca existieron.

Rusia no necesitó un ejército para debilitar a una Unión Europea unida. Le bastó con explotar sus grietas internas. No tuvo que imponer una ideología en México, le fue suficiente con amplificar narrativas que profundizaron divisiones y moldearon afinidades a favor o contra de candidatos.

En Estados Unidos, no eligió candidatos, intervino en la conversación para favorecer escenarios que le resultaran más convenientes.

En Europa del Este, ha respaldado liderazgos que bloquean consensos dentro de la OTAN y fracturan la respuesta occidental. Y para lograr todo esto, no disparó un solo misil.

Actuó con algo más efectivo, inteligencia, disciplina operativa y una comprensión profunda de las debilidades de sus adversarios.

Las guerras del siglo XXI no serán por recursos, serán por quién tiene el poder de definir lo que es verdad y lo que no es verdad.

jorge@neuroconsulting.com.mx

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