El tratado que el desierto empezó a reescribir
DESPUÉS DEL TRONO | Serie sobre Norteamérica, poder y futuro — Entrega II Treinta y seis años después de una advertencia ignorada, la primera crisis genuinamente climática de la relación trilateral ha llegado, y ningún acuerdo comercial tiene una cláusula para gestionarla.
Invitado
Por Maestro Jesús Saucedo Morquecho.
Maestrías en Nuevos Negocios Digitales y, En Gobierno y Políticas Publicas
jesusm@morquecho.com.mx
En 1990, asistí a una audiencia en el Congreso de Nuevo León enfocada en una amenaza que entonces parecía distante: la crisis del agua. Entre los expertos invitados destacaba la presencia de académicos de la Universidad de Texas. Recuerdo con meridiana claridad a uno de ellos siendo tajante. Su pronóstico fue claro: si el norte de México y Texas no emprendían con urgencia la obra hidráulica necesaria para garantizar el cumplimiento de los tratados y la disponibilidad de agua fronteriza, entre los años 2025 y 2035 el conflicto entre ambas regiones sería inevitable, incluso armado.
No lo dijo en sentido figurado. Han pasado treinta y seis años y estamos a menos de una década de esa fecha límite. Hoy, en 2026, por primera vez desde que aquel académico tomó la palabra, las señales de alerta han comenzado a manifestarse en bloque, convergiendo peligrosamente en un mismo año.
Dos cuencas, un solo tratado y cero márgenes de error
El Tratado de Aguas Internacionales de 1944 es el engranaje que reparte dos cuencas hídricas compartidas. Bajo sus términos, la dinámica es recíproca:
• México debe entregar a Estados Unidos 2,158 millones de metros cúbicos del río Bravo cada cinco años (una tercera parte del caudal de sus afluentes).
• Estados Unidos, a cambio, entrega a México 1,850 millones de metros cúbicos anuales provenientes del río Colorado.
Este mecanismo funcionó con tensiones manejables durante ocho décadas. Sin embargo, en 2026 dejó de ser una formalidad diplomática para convertirse en una crisis operativa. La severa sequía golpeó las presas de Chihuahua —La Boquilla y El Granero— con tal magnitud que México se vio imposibilitado de cumplir con sus entregas. La presa Falcón, considerada la columna vertebral del sistema, llegó a operar a un alarmante 3% de su capacidad. El impacto territorial es devastador:
• Chihuahua: 16 municipios en sequía excepcional y 37 en sequía extrema.
• Sonora: 40 municipios bajo condiciones extremas.
La respuesta de Washington no se hizo esperar, recurriendo a su habitual herramienta de presión: la amenaza arancelaria. Se advirtió sobre la imposición de
un arancel del 5% a las exportaciones mexicanas si no se saldaba la deuda hídrica. La presión escaló cuando el presupuesto del Departamento de Estado condicionó la ayuda a México al cumplimiento estricto del tratado.
Ante la inminente ruptura, el 3 de febrero ambos gobiernos firmaron un esquema de emergencia: entregas mínimas lineales de 431.7 millones de metros cúbicos al año, impidiendo que la deuda se acumule para el final del ciclo quinquenal. Simultáneamente, la asignación de México sobre el río Colorado se redujo a 1,668.4 millones de metros cúbicos, un reflejo de la escasez que domina esa cuenca desde hace más de una década.
Esto, sin embargo, es un parche operativo, no un rediseño estructural. Confirma exactamente lo que aquel académico anticipó en Monterrey: tenemos un tratado escrito para un clima que ya no existe, remendado en medio de cada crisis, sin que exista voluntad política para rediseñarlo frente a la nueva realidad climática.
La variable que ningún arancel puede resolver
Este estrangulamiento hídrico en las cuencas del Bravo y del Colorado no es una anomalía aislada, sino el síntoma de un desajuste planetario acelerado por la huella humana. El patrón de escasez es innegable y recorre el continente de extremo a extremo.
En México, hemos visto agonizar recientemente a arterias vitales como el río Pánuco, enfrentando niveles históricamente bajos e intrusión salina. En Sudamérica, un dato revelador —que en 2020 pasó casi de largo al ser eclipsado por la urgencia de la pandemia— fue la histórica sequía de las Cataratas de Iguazú, un fenómeno de vaciado que, según los registros, ocurre aproximadamente cada 800 años.
Si miramos hacia el extremo norte, el panorama no es distinto. Aunque las Cataratas del Niágara no han perdido su agua por el clima (su flujo no es natural, sino que está fuertemente regulado y manipulado por presas hidroeléctricas), el resto de Canadá acaba de sufrir entre 2023 y 2024 la sequía hidrológica más severa y extendida de su historia moderna. Caudales inmensos como los ríos Fraser, Peace y Athabasca registraron niveles mínimos críticos, lo que secó ecosistemas enteros y desencadenó la peor temporada de incendios forestales jamás registrada en ese país. Esta brutal convergencia continental nos habla de un reacomodo climático irreversible y de sus consecuencias estructurales para el mundo entero.
Analizando esta coyuntura bajo los términos planteados en la primera entrega de esta serie, el agua se posiciona como la variable con mayor capacidad para empujar al bloque norteamericano hacia una "Balcanización acelerada" —un escenario de baja integración y disrupción abrupta—. Y lo hace a una velocidad que supera a cualquier otro factor económico.
El problema no es la falta de un tratado; sobra tratado. El verdadero déficit radica en la falta de visión para tratar el tema como lo que es: no como una disputa comercial ordinaria sujeta a los ciclos de revisión del T-MEC, sino como la primera gran crisis climática trilateral. Su reloj avanza más rápido que cualquier cumbre bilateral.
CILA: La institución invisible que sostiene el balance
En medio de este panorama, emerge un dato que altera radicalmente nuestra perspectiva sobre la gobernanza regional. La administración de este vital reparto no recae en el T-MEC, ni en las oficinas de Washington o Palacio Nacional. Está en manos de la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) y su contraparte estadounidense, la IBWC.
Este organismo binacional, operativo mucho antes de la existencia del TLCAN, no depende de la simpatía política coyuntural entre ambas capitales. A través de protocolos eminentemente técnicos denominados "Actas", ha gestionado ocho décadas de sequías, crecidas y disputas sin permitir que el tratado se fracture. Sin buscar reflectores, la CILA es el prototipo más antiguo en Norteamérica de la gobernanza compartida por dominio específico; un modelo sostenido en el tiempo que no requiere de un centro único de poder.
La señal a vigilar
Las cuencas del Bravo y del Colorado no pausarán su crisis a la espera de que concluya el ciclo de revisiones del T-MEC en 2036. El próximo gran indicador llegará con el deshielo de 2027. Ese será el momento de la verdad para comprobar si las presas de Chihuahua lograron recuperarse lo suficiente para sostener el primer pago lineal del nuevo esquema de emergencia.
De no ser así, el académico que habló en aquel Congreso neoleonés en 1990 habrá acertado de lleno en la causa del conflicto, fallando apenas por unos años en la fecha de su estallido.
La interrogante estratégica que abre la puerta a la Entrega III de esta serie es crítica: ¿Puede este modelo silencioso y técnico extenderse a los dominios que definirán la próxima década, como los minerales críticos, la computación cuántica y la inteligencia artificial? ¿O insistirá Norteamérica en gobernar el futuro con herramientas del pasado —aranceles y amenazas— mientras ignora que el único modelo realmente funcional lleva ochenta años operando frente a sus ojos?
*Para la elaboración, de este artículo, se apoyó en la IA, para revisión y compulsa de datos.
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