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Opinión

EL MENSAJE QUE NORTEAMÉRICA NO SE ATREVIÓ A DAR

Pero los grandes momentos históricos no dependen únicamente de las condiciones materiales. Dependen del mensaje. Y el mensaje nunca llegó.

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15 junio, 2026 · 4 min de lectura · 25 lecturas
EL MENSAJE QUE NORTEAMÉRICA NO SE ATREVIÓ A DAR

El Mundial de 2026 debía ser mucho más que el evento deportivo más importante del planeta. Para Estados Unidos, México y Canadá existía una oportunidad histórica: convertir un torneo en una declaración de unidad.

La narrativa era evidente, mostrar al mundo que Norteamérica no era una suma de países vecinos, sino el bloque económico, energético y productivo más poderoso del planeta. Una región capaz de competir con Europa, contener el ascenso industrial asiático y aprovechar la creciente incertidumbre de Medio Oriente.

Porque más allá del relato, los datos son contundentes: Norteamérica concentra uno de los mercados integrados más grandes del mundo, posee una capacidad energética capaz de superar incluso al medio oriente y mantiene cadenas productivas conectadas por décadas de integración comercial.

Pero los grandes momentos históricos no dependen únicamente de las condiciones materiales. Dependen del mensaje. Y el mensaje nunca llegó.

Donald Trump entendió algo que muchos de sus críticos siguen subestimando, las elecciones modernas se ganan construyendo percepciones antes que administrando datos. Su narrativa rumbo a las elecciones intermedias necesitaba demostrar orden, autoridad y resultados, particularmente en materia de seguridad al sur de la frontera.

Ese objetivo abría una posibilidad extraordinaria para México.

Claudia Sheinbaum pudo convertir esa necesidad política estadounidense en una negociación estratégica: más inversión, fortalecimiento del T-MEC, integración energética, cooperación industrial y una narrativa regional de seguridad.

Pero eligió otro camino.

En lugar de abrir una nueva etapa, ha dedicado una parte importante de su capital político a respaldar el legado de Andrés Manuel López Obrador y contener el costo político derivado de cuestionamientos nacionales e internacionales sobre vínculos con el crimen organizado de miembros del gabinete anterior y de su partido político.

Puede ser una decisión racional desde la lógica del poder: cuando una estructura percibe riesgo, proteger el pasado parece condición para conservar el futuro.

El problema es que del otro lado estaba Donald Trump necesitado de mostrar resultados en materia de seguridad. Frente a ese escenario, cerrar filas con actores ligados con el crimen convirtió una oportunidad histórica de negociación en la ruta más rápida hacia el abismo.

Trump tampoco estuvo a la altura del momento, su ego, las elecciones intermedias y la necesidad de mostrarse como el salvador del mundo, lo hicieron continuar con su narrativa centrada en presión migratoria, confrontación comercial y consumo político interno, temas que le daban fuerza con su base electoral. En lugar de ser más pragmático e impulsar una segunda generación de integración, energía, cadenas de suministro, tecnología, movilidad laboral e inversión. 

Y Canadá, primero con Justin Trudeau y después con Mark Carney, optó por administrar la tensión con Washington en lugar de construir una posición conjunta con México que le permitiera negociar desde una posición de mayor fortaleza frente a Estados Unidos.

Cuando la tensión escaló y el costo político se volvió inevitable, eligieron envolverse en la bandera nacional y abandonar cualquier intento de construir una narrativa integradora para Norteamérica. Olvidaron una característica constante del método Trump: primero presiona, después desordena y finalmente negocia y reventaron cuando los estaba presionando.

El resultado es paradójico.

Tres países con recursos energéticos extraordinarios, integración económica sin precedentes y una oportunidad única de proyectar liderazgo global terminaron apostando por sus agendas internas: Sheinbaum a contener costos políticos domésticos, Trump a fortalecer su narrativa electoral y Canadá a refugiarse en el nacionalismo defensivo.

Quizá el Mundial rompa récords de audiencia.

Quizá haya estadios llenos y cifras históricas.

Pero el verdadero marcador no estará en la cancha.

Norteamérica tuvo en sus manos la oportunidad de construir el mensaje más poderoso del siglo. El momento era perfecto, el evento más mediático del planeta organizado por los tres países socios. Sin embargo, en lugar de contarle al mundo de lo que somos capaces juntos, sus líderes prefirieron encasillarse en la mediocridad de sus conflictos locales.


 

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