Mexico

Angina de pecho

David Vallejo Nva. Jpg
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Placeres culposos
David Vallejo

En un grupo de WhatsApp que comparto con algunos de mis mejores amigos de la preparatoria, uno de ellos, Roberto, a quien desde hace décadas le guardo una admiración por su oído y por su intuición musical, me lanzó una pregunta que terminó alterando el ritmo de mis días. Fue él quien en su momento me acercó a Pearl Jam, quien más adelante me llevó hacia Rush y King Crimson como quien abre una puerta que uno ya nunca vuelve a cerrar. Me preguntó por Angine de Poitrine y añadió que en Europa estaban en boca de muchos, como si ese comentario bastara para activar una cadena de decisiones invisibles.

Fui a Spotify, escuché, registré una extrañeza interesante y seguí con el día. Luego ocurrió algo que agradecería entender con precisión científica. Su nombre empezó a repetirse en todos los espacios posibles, videos, recomendaciones, fragmentos que aparecían sin buscarlos, una especie de insistencia de destino que no pedía permiso. Volví a escucharlos, luego volví otra vez, después regresé una tercera vez y en ese punto la música dejó de ser curiosidad para convertirse en presencia. La semana tomó otra forma, las repeticiones empezaron a ordenar mis días, la atención se volvió más aguda, y sin darme cuenta ya estaba dentro de ese territorio donde el gusto se transforma en obsesión y placer culposo. Caí enfermo de Angine de Poitrine.

El contagio, aunque esa enfermedad no se transmite, en este caso sí admite explicación, aunque cualquier intento termina siendo insuficiente frente a lo que ocurre en la escucha. Angine de Poitrine es un dúo originario de Quebec integrado por Khn de Poitrine y Klek de Poitrine, dos músicos que decidieron retirar sus rostros de la ecuación para construir un proyecto donde la identidad visible pierde relevancia frente a la experiencia sonora y simbólica. Desde su propio sitio se definen como un mantra rock dada pythago cubiste, una fórmula que más que describirlos, los delata.

Su música se sostiene en la repetición y en la transformación constante. Pequeñas células rítmicas y melódicas se reorganizan en tiempo real, se expanden, se contraen, regresan sobre sí mismas y avanzan, generando estructuras vivas con una lógica que recuerda tanto a la música electrónica como a ciertas arquitecturas del progresivo más aventurero.

La economía de su formación contrasta con la amplitud del resultado. Klek en la batería sostiene el pulso con precisión, mientras Khn trabaja sobre un instrumento híbrido de doble mástil que funciona como guitarra y bajo dentro de un universo microtonal donde la escala occidental deja de ser suficiente. Con un sistema de loops construido en tiempo real, cada presentación se convierte en una arquitectura sonora en vivo. La sesión para KEXP, grabada durante Trans Musicales, terminó por abrirles una conversación global que, en mi caso, llegó tarde a pesar de la melomanía.

En esa ejecución ocurre algo notable, dos músicos generan una masa sonora que sugiere un ensamble mucho mayor, y lo hacen sin caer en la demostración gratuita de virtuosismo.

El núcleo de su propuesta está en la microtonalidad, en esa decisión de trabajar con divisiones adicionales dentro de la octava que introducen tensiones sutiles y una inestabilidad profundamente expresiva. A partir de ahí construyen estructuras rítmicas irregulares que desafían la costumbre sin romper el pulso, generando un trance que no depende de la simpleza sino de la acumulación inteligente de detalles. En manos equivocadas esto sería un ejercicio frío. En ellos se convierte en algo físico, casi corporal, una experiencia que conecta antes con el cuerpo que con la razón.

Su segundo material, Vol. II, consolidó esa percepción. Una banda capaz de sostener tensión entre rigor y energía, entre cálculo y celebración. Lo que en un inicio desconcierta, con el tiempo revela estructura y después se transforma en disfrute para muchos, desconcierto para otros y moda para muchos más.

El universo visual completa el sentido del proyecto. Máscaras de papel maché, trajes de puntos, narices exageradas y una insistencia casi ritual en la figura del triángulo. Lo que empezó como un gesto lúdico terminó por convertirse en una postura frente a una cultura que exige exposición constante. Frente a la obsesión por el rostro, ellos proponen símbolo; frente a la transparencia, misterio; y, frente a quienes exigen respuestas, sarcasmo y locura.

En ese contexto, su propuesta adquiere otra dimensión. En un mundo saturado de producción, de algoritmos que moldean el gusto y de tecnologías que simulan con creciente precisión, Angine de Poitrine devuelve algo esencial, la experiencia irreductible del cuerpo en acción. Dos personas, un pulso, una construcción en tiempo real. Una fricción entre intención y ejecución que ninguna simulación logra replicar del todo.

Su música dialoga con la historia sin rendirse a ella. Ecos de Zappa, del progresivo, del jazz, del funk, del techno, reorganizados bajo una lógica propia.

Escucharlos también implica un ejercicio de percepción. El oído se expande, se reconfigura, aprende a encontrar placer en estructuras que en un inicio resultan ajenas. La dificultad deja de ser barrera y se convierte en acceso.

Angine de Poitrine remite a una presión en el pecho. Su música produce algo similar, una tensión que despierta, que obliga a prestar atención, que rompe la inercia.

Cuando una propuesta así logra instalarse en la conversación global, deja de ser tendencia y se convierte en señal de algo más profundo. Algo se está moviendo y sigue siendo posible. En medio de la expansión de la inteligencia artificial y la reproducción infinita, su existencia recuerda que el ingenio humano sigue encontrando formas de sorprender.

Me gusta que me guste, lo escribo así porque en esa atracción encuentro algo más profundo que una preferencia. Siento su propuesta tan original y tan subversiva que termina instalándose como un momento. Tal vez el entusiasmo cambie de nombre, pero la sensación de haber presenciado algo distinto por ahora, y espero que durante mucho tiempo, permanezca.

Hay instantes en los que el arte deja de reorganizar lo existente y empieza a crear otra forma de mirar. Como si se pudiera observar, en tiempo real, el momento en que Picasso llevó el cubismo a un terreno visible o cuando un joven Elvis Presley decidió que el cuerpo también formaba parte del lenguaje del rock and roll.

Angine de Poitrine habita ese territorio donde la innovación incomoda y fascina al mismo tiempo. Donde la rareza abre puertas y la inteligencia y el juego conviven.

Me gusta que me guste aunque de inicio no fuera así, porque en esa sensación se confirma algo esencial. La capacidad de asombro sigue intacta. El arte aún puede descolocar, emocionar y abrir espacios nuevos dentro de la experiencia humana. Y en ese pequeño movimiento que empieza con una recomendación entre amigos y termina en una certeza íntima, encuentro una de las razones más poderosas para seguir escuchando. Cuando algo así aparece, uno entiende que todavía es posible descubrir algo nuevo. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho, muchísimo.

Playlist para la ocasión: Sherpa, Mata Zyklek, Fabienk, Utzp, Yor Zarad, Angor y Sklenn.

Aunque te recomiendo más ver sus videos para quedar enfermo de algo tan grave.

Mis gustos complejos para Greis y mi asombro para Alo.

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