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Códigos de poder
David Vallejo
Lo ocurrido hoy en Venezuela marca un antes y un después en la política internacional contemporánea. Una potencia militar ejecuta una operación directa, extrae al jefe del Estado y anuncia una administración transitoria con la promesa de una futura normalidad democrática. El gesto es contundente, disruptivo y profundamente revelador. Revela menos sobre Venezuela que sobre el mundo que estamos construyendo.
La acción encabezada por Donald Trump coloca a Venezuela en el centro de una discusión mayor. La discusión gira alrededor de poder, legitimidad y reglas. Durante décadas, el sistema internacional sostuvo una ficción funcional. La soberanía era inviolable en el discurso, negociable en la práctica. Hoy esa ficción se rompe de manera explícita.
El hecho tiene tres capas que conviven. La militar, con una demostración de capacidad quirúrgica y dominio operativo. La política, con una narrativa de transición administrada desde fuera. La energética, con el petróleo como eje silencioso que da racionalidad estratégica a todo el movimiento. Separar estas capas empobrece el análisis. Comprenderlas juntas permite ver el tablero completo.
Trump habló de control temporal, de orden, de seguridad y de hacer fluir el petróleo. Evitó fijar fechas, evitó nombrar herederos inmediatos, evitó compromisos que limiten margen de maniobra. Esa ambigüedad resulta deliberada. En política de poder, la indefinición suele ser una herramienta, no una omisión.
En ese espacio incierto se mueven María Corina Machado y Edmundo González. Ambos representan una legitimidad democrática acumulada durante años de resistencia. Ambos enfrentan ahora el dilema clásico de toda transición intervenida. Convertirse en arquitectos reales del nuevo Estado o en símbolos funcionales de una administración tutelada. El desenlace dependerá menos de declaraciones y más de control efectivo sobre territorio, fuerzas armadas, servicios públicos y narrativa interna.
La reacción internacional resulta tan importante como la operación misma. Europa, buena parte de América Latina y potencias emergentes coinciden en un punto central. El problema del autoritarismo venezolano resulta evidente. El método elegido abre una grieta peligrosa en el derecho internacional. Esa postura revela un temor profundo. Si la fuerza vuelve a ser instrumento normalizado de cambio político, las reglas que protegen a países medianos y pequeños pierden sentido.
Aquí aparece la dimensión geopolítica mayor. El día de hoy envía un mensaje que trasciende Caracas. El mensaje dice que la legitimidad democrática puede invocarse para suspender normas jurídicas globales. Dice que la soberanía se vuelve condicional cuando colisiona con intereses estratégicos mayores. Dice que el orden liberal basado en reglas entra en una fase de reinterpretación acelerada.
El petróleo convierte esta crisis en un asunto global. Venezuela deja de ser únicamente un problema político y vuelve a ser una variable energética central. Reactivar producción, reorganizar contratos y asegurar flujos impacta precios, alianzas y balances regionales. También redefine la relación con China, actor clave en el mapa energético del siglo XXI. El crudo venezolano funciona como incentivo, como moneda de cambio y como justificación estratégica.
Desde una mirada prospectiva, el mundo observa un laboratorio peligroso. Si la transición se consolida con instituciones civiles, elecciones verificables y estabilidad cotidiana, muchos justificarán el precedente. Si deriva en tutela prolongada, fragmentación interna o violencia persistente, el costo reputacional será profundo y duradero.
Cinco escenarios se abren con claridad.
Un escenario de transición rápida y pactada, con alineamiento militar interno, hoja de ruta electoral y acompañamiento internacional creíble.
Un escenario de sucesión interna sin Maduro, donde viejas estructuras buscan reciclarse bajo nuevos acuerdos.
Un escenario de fragmentación prolongada, con actores armados disputando rentas y territorios.
Un escenario de administración externa de baja intensidad, estable en lo operativo y costosa en lo político.
Un escenario de reencuadre multilateral, donde la comunidad internacional reconstruye reglas para reducir fricción y devolver centralidad a las instituciones venezolanas.
Las señales tempranas ya importan más que los discursos. Pronunciamientos militares coordinados. Control efectivo de electricidad, agua y combustibles. Reducción de violencia urbana. Anuncios creíbles sobre justicia transicional y garantías políticas. Cualquier desviación en estos indicadores marca el rumbo real.
En el fondo, el día de hoy deja una pregunta incómoda. Una democracia puede nacer fuerte cuando llega escoltada por misiles. Un orden internacional puede sostenerse cuando la excepción se vuelve método. La historia ofrece respuestas ambiguas y advertencias severas.
Venezuela inicia una nueva etapa. El mundo también. Lo que está en juego supera a un país y a un presidente. Se juega la arquitectura invisible que sostiene la convivencia internacional. Ese resultado, a diferencia de las operaciones militares, se decide con tiempo, instituciones y memoria.
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