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Alfredo Cuellar

Psicología del poder: Trump y AMLO y el arte de negar

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En Síntesis

El poder pareciera cobrar vida

y transformarse en una persona

que usa mecanismos de defensa

para seguir viviendo a través de

quien lo usa.  Así, los mecanismos

de defensa, hasta ahora controlados

por la psicología y la psiquiatría,

se convierten en los mecanismos

de defensa del poder. Los políticos

y los micropolíticos los usan

cotidianamente y pervierten a

la política.

En la psicología clínica, los mecanismos de defensa son reacciones inconscientes del yo ante situaciones de amenaza. La negación, la proyección, la represión o la racionalización surgen como recursos para mantener el equilibrio interno de la persona, proteger su identidad y disminuir la ansiedad. Sin embargo, en el escenario político contemporáneo estos mecanismos han dejado de ser meros reflejos de supervivencia psíquica y se han convertido en estrategias deliberadas de poder.

Líderes como Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) han transformado estas defensas, descritas originalmente por autores como Anna Freud, Erik Erikson, George Vaillant o John Perry, en tácticas políticas conscientes. Lo que en la clínica es una herramienta inconsciente para proteger el yo, en la arena pública se convierte en una técnica calculada para manipular percepciones, desplazar culpas, construir enemigos externos y mantener la lealtad de los seguidores.

Del diván al palacio presidencial

Los mecanismos de defensa forman parte del lenguaje clásico de la psicología. Freud y sus discípulos los describieron como respuestas inevitables frente al dolor y el miedo. Anna Freud los sistematizó en 1936, Erikson los relacionó con las crisis de desarrollo, Vaillant los clasificó en defensas inmaduras, neuróticas y maduras, y Perry exploró su papel en los momentos de crisis.

Pero el siglo XXI nos muestra algo más inquietante: los líderes políticos han aprendido a usar conscientemente esas mismas defensas como estrategias de comunicación y manipulación. Allí donde un psicoanalista vería un síntoma de conflicto interno, un estratega político reconoce un arma para el control narrativo y alejado está de tener cualquier conflicto interno, al contrario, parecen regocijarse de como “las mentiritas” les funcionaron.

Trump: la negación como bandera

Donald Trump representa el ejemplo más claro de este fenómeno. Su negativa sistemática a reconocer la derrota electoral de 2020 no fue un simple capricho personal: fue una estrategia deliberada para mantener cohesionada a su base política. La frase repetida hasta el cansancio, “me robaron la elección”, es un caso de negación clínica convertida en arma retórica.

Lo mismo ocurre con sus múltiples procesos judiciales: lejos de aceptarlos como un hecho, Trump los reinterpreta como una “cacería de brujas” en su contra, proyectando la responsabilidad en jueces, fiscales y opositores. Esta táctica le permite presentarse como víctima, movilizar recursos y reforzar la lealtad de quienes lo siguen ciegamente. Ha sido tan efectivo, que reunió millones de donaciones de pobres partidarios que creían que se trataba de una persecución contra su ídolo.

La proyección también es parte esencial de su arsenal: acusa a sus rivales de fraude, corrupción o autoritarismo, mientras enfrenta investigaciones por esas mismas conductas. En su estilo, lo que sería inmadurez psicológica se convierte en ofensiva política.

Trump no es el único. Jair Bolsonaro en Brasil negó la gravedad de la pandemia; Viktor Orbán en Hungría ha utilizado la proyección para culpar a migrantes y opositores de los males de su país; Rodrigo Duterte en Filipinas justificó la violencia extrema de su “guerra contra las drogas” con racionalizaciones políticas. Todos son ejemplos de cómo las defensas psicológicas se transforman en herramientas de supervivencia populista.

AMLO: la proyección y el enemigo necesario

En México, Andrés Manuel López Obrador utiliza con frecuencia otro mecanismo de defensa transformado en estrategia: la proyección. Sus críticos son “corruptos”, “hipócritas” o “conservadores”, mientras él se presenta como el representante de la pureza moral. Cualquier señalamiento a su gobierno es reconfigurado como ataque al “pueblo” mismo, un recurso que convierte la defensa psicológica en narrativa política. Obscuros y perversos intereses de la -mafia política- donan millones y tienen empleados a mercenarios de la mercadotecnia para enlodar al corderito limpio.

La negación, o su variante de minimización, también ha sido recurrente. Frente a cuestionamientos sobre la violencia, la inseguridad o la economía, AMLO suele rechazar la magnitud del problema o restarle importancia, culpando a administraciones anteriores o a medios “neoliberales”.

En Argentina, Javier Milei ha hecho del insulto y la negación parte de su estilo permanente; en Rusia, Vladimir Putin niega invasiones y represión política con una narrativa de “defensa nacional”. Estos casos muestran que la proyección y la negación no son anomalías aisladas, sino conductas recurrentes en el repertorio del populismo contemporáneo.

Gaslighting político: manipular la memoria colectiva

Más allá de la negación o la proyección, una estrategia aún más peligrosa se abre paso: el gaslighting político. El término, tomado de la obra teatral Gas Light (1938) y la película homónima (1944), describe un proceso en el cual alguien manipula a otro hasta hacerlo dudar de su memoria y de su percepción de la realidad.

En política, esto significa negar hechos verificables y repetir una narrativa alternativa hasta que parte de la población duda de lo que vio u oyó.

  • Trump lo usó cuando dijo que su llamada con Ucrania había sido “perfecta”, pese a las transcripciones que mostraban lo contrario.
  • AMLO lo aplica cuando asegura que nunca prometió “no subir la gasolina”, aunque existan registros en video.
  • Putin lo practica al negar la invasión de Ucrania y presentarla como una “operación especial”.
  • En Filipinas, Duterte minimizó sistemáticamente las muertes en su guerra contra el narcotráfico, reescribiendo la narrativa oficial.

El gaslighting es más corrosivo que la mentira simple porque busca quebrar la confianza del ciudadano en sus propios recuerdos. Una mentira puede refutarse con datos; el gaslighting instala la duda en la mente y destruye la certeza de lo evidente.

El riesgo de transformar defensas en estrategias

A corto plazo, estas tácticas resultan eficaces: consolidan a las bases, fortalecen la identidad de los seguidores y desarman a opositores poco preparados. La negación, la proyección y el gaslighting generan cohesión y polarización al mismo tiempo.

Pero el costo es enorme. La prensa, las redes sociales y los adversarios políticos confrontan estas estrategias con evidencias, documentos y registros. La falsedad se expone más rápido que nunca en la era digital. Cuando los mecanismos de defensa se convierten en política sistemática sin cálculo estratégico, lo que se gana en adhesión inmediata se pierde en legitimidad histórica.

Cuando líderes tan diversos como Trump, AMLO, Bolsonaro, Orbán, Duterte, Putin o Milei recurren a la negación, la proyección y el gaslighting, lo que parece una coincidencia es en realidad un patrón global del populismo contemporáneo. Ese patrón erosiona instituciones, debilita la confianza en la democracia y convierte el espacio público en un terreno saturado de narrativas manipuladas.

Conclusión

La Micropolítica enseña que no hay decisiones inocentes en el ejercicio del poder. Cada gesto, cada palabra y cada omisión son tácticas que influyen en la percepción y en la correlación de fuerzas. Hoy, los mecanismos que alguna vez pertenecieron al diván del psicoanalista forman parte del arsenal de los grandes líderes populistas.

Trump y AMLO son ejemplos emblemáticos de cómo la negación y la proyección pueden convertirse en el arte de negar: una estrategia política calculada para mantener la lealtad y el poder en tiempos de crisis. Pero no están solos: Bolsonaro, Orbán, Duterte, Putin y Milei, entre otros, han perfeccionado la misma lógica en distintos escenarios.

El desafío de las democracias modernas es claro: reconocer estas tácticas, resistir su atractivo inmediato y exigir liderazgos basados en la verdad, la ética y la rendición de cuentas. Porque cuando la política se sostiene en defensas psicológicas transformadas en manipulación, lo que está en juego no es solo la memoria colectiva, sino la salud misma de nuestras instituciones.

Dr. Alfredo Cuéllar es especialista en Micropolítica, consultor internacional y profesor jubilado de la Universidad Estatal de California en Fresno. Ha trabajado en decenas de universidades, incluyendo Harvard. Sus artículos se centran en los migrantes, la política, la sociología, la cultura y la actualidad. Consultas y comentarios: alfredocuellar@me.com

 

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