Códigos de poder
David Vallejo
La medida anunciada por Donald Trump tras el fallo de la Corte Suprema obligó a reconfigurar su estrategia comercial mediante una herramienta distinta prevista en la legislación estadounidense.
El arancel global adicional de diez por ciento surge como respuesta política interna y como mecanismo de presión frente al resto del mundo.
El elemento decisivo radica en la exclusión expresa de los bienes que cumplen con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, lo cual redefine el alcance real de la decisión.
Esa exclusión también debe leerse en el contexto del proceso actual de revisión y negociación del tratado, una etapa sensible donde cada gesto político envía señales hacia la mesa trilateral.
La decisión de mantener intacto el trato preferencial para bienes originarios funciona como mensaje de que el acuerdo regional continúa siendo eje estratégico para la economía estadounidense.
Afectarlo de manera frontal en medio de una revisión activa habría elevado el nivel de confrontación e incertidumbre en los tres países.
En este escenario, la Secretaría de Economía ha desempeñado un papel relevante al mantener diálogo técnico constante y transmitir certidumbre a los mercados. La postura institucional ha combinado prudencia pública con gestión discreta ante autoridades estadounidenses y actores empresariales. La estabilidad en el comercio regional se apoya tanto en el texto jurídico del tratado como en la diplomacia económica que lo sostiene.
También influyen presiones internas dentro de Estados Unidos. Fabricantes automotrices, productores agrícolas, empresas tecnológicas y distribuidores dependen de cadenas integradas con México.
Una alteración directa al tratado en plena revisión habría generado costos inmediatos en precios, márgenes industriales y empleo estadounidense.
Esa presión empresarial actúa como ancla que modera decisiones unilaterales de alto impacto.
Para México, el panorama inmediato resulta relativamente favorable en el comercio que cumple reglas de origen.
La mayor parte de las exportaciones integradas mantiene acceso preferencial mientras el arancel general recae sobre economías fuera de América del Norte. Sin embargo, subsisten áreas de atención vinculadas a productos con bajo contenido regional o certificaciones insuficientes.
Aquí aparece la dimensión estratégica menos evidente. Un arancel global de diez por ciento encarece automáticamente a competidores asiáticos y europeos frente a la producción instalada en México bajo reglas del tratado. Empresas que exportan a Estados Unidos desde regiones sujetas al gravamen enfrentan una pérdida directa de margen que puede compensarse relocalizando procesos en territorio mexicano. El diferencial arancelario convierte al T-MEC en plataforma de acceso preferencial en un entorno donde el resto del mundo paga peaje adicional.
En términos prácticos, el diez por ciento mundial funciona como incentivo indirecto al nearshoring. Sectores como autopartes, electrónicos, dispositivos médicos y manufactura intermedia ganan atractivo para inversión extranjera orientada al mercado estadounidense. La ventaja surge porque producir en México bajo reglas de origen permite evitar el gravamen mientras competidores externos absorben el sobrecosto.
El siguiente movimiento de Trump probablemente combine investigación sectorial, negociación política y mensajes dirigidos a su electorado. Instrumentos como las secciones 301 o 232 permiten focalizar presión sin romper el marco general del tratado.
La revisión en curso puede convertirse en espacio de tensión negociada más que en ruptura estructural.
La coyuntura revela que el tratado continúa siendo columna vertebral del comercio norteamericano aun bajo discursos proteccionistas.
En medio de una revisión activa, preservar estabilidad y convertir ventaja comparativa en inversión tangible es la tarea estratégica central en la que se trabaja desde la Secretaría encabezada por Marcelo Ebrard.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y los aranceles lo permiten?
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Una chamoyada para Greis y Alo.










