Códigos de poder
David Vallejo
La inteligencia artificial avanza con la fuerza de un río desbordado. Más de un centenar de científicos y dirigentes han pedido en la ONU que se establezcan líneas rojas, fronteras éticas y jurídicas capaces de contener aquello que comienza a desafiar el orden político, económico y cultural del planeta. El llamado más que un trámite burocrático, refleja la intuición de que estamos ante un poder distinto a cualquier otro creado por el ser humano.
Ese poder afecta de manera simultánea la política y la economía, pues transforma la esencia misma del gobierno y del mercado. Los Estados se ven obligados a reconsiderar su soberanía, ya que la capacidad de influir en las conciencias y controlar información puede terminar en manos de quienes diseñen los algoritmos más sofisticados. Al mismo tiempo, los mercados se reconfiguran, industrias enteras surgen en cuestión de meses, empleos que parecían sólidos se desvanecen y la riqueza se concentra alrededor de corporaciones que operan a escala planetaria. El orden internacional se desplaza hacia una competencia en la que los códigos valen tanto como los ejércitos.
Ese mismo movimiento repercute en la vida social. La tecnología altera empleos y economías y también cambia las formas de relacionarnos, de confiar y de sentir. Cuando un adolescente confunde a un avatar con un compañero real, o cuando una comunidad entera organiza su visión política a partir de mensajes fabricados por máquinas, la estructura emocional de la sociedad se ve alterada. Las líneas rojas de las que hablan los científicos representan un intento por preservar un espacio común donde lo humano se mantenga como esencia y no como una ilusión digital.
En ese cruce aparece la dimensión psicológica. Una inteligencia artificial que aprende a imitar afectos, a diseñar palabras de consuelo o de seducción puede generar vínculos que trastocan nuestra idea de intimidad. Esto ya ocurre, con casos en que la dependencia emocional hacia un chatbot ha tenido desenlaces trágicos. Y aquí la frontera se vuelve más delicada, porque lo que está en juego es la estabilidad de la conciencia individual, la manera en que cada persona se reconoce a sí misma en relación con los demás.
Al final todo conduce a la pregunta. ¿Qué nos define como seres humanos en un mundo en que una máquina es capaz de superar nuestras habilidades de cálculo, memoria o creación artística?. Tal vez la respuesta no esté en la perfección de los resultados, sino en la conciencia del límite, en la capacidad de elegir aunque la elección no sea óptima, en la libertad de equivocarnos. La filosofía nos recuerda que las líneas rojas protegen a la sociedad de los riesgos de la tecnología y además preservan el sentido mismo de nuestra condición humana.
Por eso la petición en Naciones Unidas importa. Se trata de orientar la innovación, de impedir que la fascinación por lo posible o la avaricia por lo rentable acaben sepultando la dignidad de la persona. Si los gobiernos actúan con visión y los ciudadanos asumimos la magnitud del desafío, lograremos que la inteligencia artificial sea aliada de la vida y no un verdugo silencioso.
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