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La fractura invisible

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Códigos de poder
David Vallejo

Vivimos una época donde el otro se vuelve sospecha. Una época donde la diferencia provoca distancia y el desacuerdo despierta temor. Siete de cada diez personas rechazan confiar en quien piensa distinto. El dato golpea porque retrata algo que se respira en la calle, en la conversación pública, en la forma en que miramos al vecino, al extranjero, al que vota diferente, al que cree distinto, al que llega de otro lugar con otra historia.

Ese dato proviene del Edelman Trust Barometer 2026, una de las encuestas globales de confianza más amplias y consistentes del mundo. Se levanta desde hace veinticinco años, en veintiocho países, con decenas de miles de entrevistas anuales. El resultado fue retomado por El País a inicios de este año como una advertencia clara. La desconfianza hacia quienes se perciben como diferentes alcanza niveles históricos y atraviesa edades, regiones, ingresos y niveles educativos.

La desconfianza dejó de ser una reacción puntual y se transformó en atmósfera. Se filtra en la política, en la economía, en la vida cotidiana. Aparece cuando se duda de la palabra ajena, cuando se cuestiona la intención antes de escuchar la razón, cuando el diálogo se reemplaza por trincheras emocionales. Cada grupo se repliega sobre sus certezas y convierte la identidad en muralla. Así, la sociedad pierde algo esencial que tardó siglos en construir.

El propio barómetro muestra una tendencia sostenida. Desde hace más de una década la confianza en instituciones viene cayendo. Después de la pandemia el quiebre se aceleró. El informe de 2026 habla de una fractura de la realidad compartida. Cada grupo vive dentro de su propio marco de sentido. La experiencia común se diluye. La confianza deja de romperse solo hacia arriba y empieza a romperse entre iguales.

La confianza resulta frágil, casi invisible, pero sostiene todo. Sostiene el contrato social, la cooperación económica, la convivencia democrática, la posibilidad misma de futuro compartido. Cuando se erosiona, el mundo se vuelve más pequeño. Cada quien protege su parcela, su versión de la realidad, su verdad parcial. El espacio común se achica hasta volverse irreconocible.

Este fenómeno surge tras años de sacudidas profundas. Crisis financieras, pandemias, transformaciones tecnológicas, cambios culturales acelerados. La incertidumbre constante agota. El miedo busca refugio y lo encuentra en lo conocido. Lo diferente se interpreta como amenaza. La complejidad se simplifica en etiquetas. El otro deja de ser persona y pasa a ser símbolo.

Aquí aparece la pregunta filosófica de fondo. Qué clase de humanidad desea construirse. Una basada en la sospecha permanente o una capaz de sostener el riesgo de confiar. Confiar implica vulnerabilidad. Implica aceptar que la verdad propia puede quedar incompleta frente a la experiencia ajena. Implica escuchar sin garantías. Sin ese acto, la convivencia se vacía de sentido.

La historia enseña que los grandes avances humanos nacen del encuentro. La ciencia progresa cuando dialogan miradas distintas. Las sociedades prosperan cuando integran diversidad. La cultura florece cuando se mezclan lenguajes, memorias y sensibilidades. La desconfianza generalizada detiene ese movimiento y lo reemplaza por repetición y miedo.

El Edelman Trust Barometer 2026 advierte algo sencillo y profundo. Cuando la confianza interpersonal se rompe, la democracia se debilita desde adentro. La cooperación se vuelve excepción. El futuro compartido se fragmenta. El informe llama a este fenómeno insularidad social. Grupos que se cierran, identidades que se endurecen, diálogos que se cancelan antes de empezar.

Este momento exige un gesto ético y político profundo. Recuperar la confianza como valor público. Reaprender el arte de escuchar. Reconocer al otro como interlocutor legítimo incluso cuando incomoda. Defender el desacuerdo sin convertirlo en ruptura. Volver a mirar con curiosidad en lugar de recelo.

Confiar también representa una forma de valentía. Valentía para convivir con la diferencia. Valentía para aceptar la complejidad. Valentía para sostener un nosotros amplio en tiempos de fragmentación. El futuro común depende de esa elección cotidiana.

Cuando la desconfianza retrocede, el mundo vuelve a ensancharse. Y en ese espacio recuperado reaparece la posibilidad de sentido, de comunidad y de esperanza compartida.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la desconfianza creciente lo permiten.

Placeres culposos: Superbowl, voy Seattle Seahawks.
En el cine la historia del sonido.
El álbum B.B. King Blues Summit 100. Joe Bonamassa.

Carnita asada para Greis y Alo.

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