Códigos de poder
David Vallejo
En Davos 2025, entre discursos sobre inteligencia artificial, regulación y confianza, emergió una convicción capaz de marcar la brújula de este siglo. La era espacial deja de ser un sueño de astronautas o un relato de epopeyas lejanas y se convierte en una transformación cotidiana. Las tecnologías orbitan sobre nuestras cabezas y entretejen la vida terrestre con la vida del cosmos.
Doce innovaciones fueron presentadas como promesas, aunque lo decisivo está en lo que implican para nuestra manera de habitar la Tierra. La observación avanzada desde la órbita convierte al planeta en un espejo nítido de sí mismo. Sensores hiperespectrales registran emisiones de carbono, sequías o deshielos en tiempo real. La mirada ya no pertenece al mito de los dioses sino a una red de satélites que nos obliga a una nueva ética de la transparencia.
La energía solar espacial abre un horizonte aún más profundo. Paneles situados fuera de la atmósfera captan luz ininterrumpida y la transmiten mediante microondas hacia estaciones receptoras. Un sol eterno, liberado de nubes y estaciones, con capacidad de alterar los cimientos del sistema energético global. Lo que antes parecía metáfora (beber directamente de la fuente) se convierte en posibilidad técnica y también en disputa geopolítica.
Los trajes espaciales, los sistemas de propulsión y los materiales avanzados expanden la frontera de lo humano. Cada fibra diseñada sostiene la pregunta sobre qué puede tolerar el cuerpo y cuánto puede prolongar la tecnología.
Las constelaciones de satélites de órbita baja anuncian una internet global que enlaza incluso a los territorios más apartados. La conectividad deja de ser privilegio y se convierte en atmósfera digital. Ese aire de datos requiere resguardo porque lo que circula desde la órbita puede traer inclusión o vigilancia.
El crecimiento de la actividad espacial plantea dilemas de gobernanza. La basura orbital se multiplica y revela que incluso en el vacío arrastramos hábitos de desecho. En Davos se discutió con urgencia sobre tráfico orbital, normas internacionales y esquemas de colaboración entre gobiernos y empresas privadas. El espacio, que parecía infinito, se revela como recurso limitado que exige reglas compartidas.
La sostenibilidad atraviesa todas estas discusiones. Datos espaciales permiten anticipar desastres naturales, medir emisiones y comprender la biosfera como un sistema integrado. El espacio deja de ser el afuera para convertirse en extensión de nuestra propia casa.
Detrás de estas innovaciones late una certeza. Este siglo será recordado como el siglo del espacio. La economía espacial puede alcanzar valores colosales, aunque el verdadero sentido será civilizatorio.
El espacio nos confronta con nuestra pequeñez y con la grandeza de nuestra capacidad de imaginar. Davos 2025 deja claro que lo que está en juego más allá de la exploración de nuevas órbitas, es la reinvención de la condición humana.
Y se fue septiembre…
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la disputa por el espacio, lo permiten.
Placeres culposos: Ese imbecil va a escribir una novela de Juan José Millas. Sonoro de Panteón Rococó.
Pay de nuez para Greis y Alo.












