Códigos de poder
David Vallejo
Karl Marx fue uno de los pensadores más agudos de la modernidad. En El capital examinó la lógica del capitalismo con una profundidad que transformó la economía política. Comprendió que el capital constituye una estructura que organiza poder, trabajo y acumulación. Observó que la concentración económica tiende a intensificarse, que la desigualdad surge de mecanismos sistémicos y que las crisis forman parte de la dinámica interna del mercado.
La historia concedió parte de razón a ese diagnóstico. Las grandes corporaciones globales concentran riqueza en proporciones inéditas. Las crisis financieras revelaron fragilidades estructurales. Estudios contemporáneos muestran que el rendimiento del capital puede superar el crecimiento económico, ampliando brechas patrimoniales. Esa intuición conserva vigencia.
También aportó una idea filosófica de enorme alcance. El fetichismo de la mercancía describe cómo las relaciones humanas quedan ocultas detrás de intercambios impersonales. En la era de plataformas digitales y algoritmos que organizan consumo y atención, esa lectura resulta sorprendentemente actual.
Sin embargo, su mayor fragilidad fue el determinismo histórico. Suponer que la historia avanza hacia un desenlace inevitable reduce la complejidad social y transforma la crítica en certeza. Allí radica el verdadero peligro. Cuando una teoría deja de ser método y se convierte en destino, el pensamiento se endurece.
Marx fue brillante como crítico estructural. El problema apareció cuando su método dialéctico se convirtió en convicción absoluta.
Esa advertencia ilumina un episodio más cercano. En México, la figura de Marx Arriaga representó una lectura intensa y estructural del desarrollo social, alineada con el proyecto obradorista. Se centró en el marco interpretativo desde el cual se explicaban desigualdad, mercado y poder.
La controversia se agudizó cuando la defensa de esa visión adoptó un tono confrontativo frente a decisiones institucionales. El debate dejó de girar en torno a argumentos y comenzó a girar en torno a posiciones. Cuando la crítica se transforma en pulso político, pierde parte de su fuerza intelectual.
El punto de fondo, sin embargo, trasciende cualquier nombre propio. México enfrenta un mundo definido por inteligencia artificial, automatización y transformaciones productivas aceleradas. La discusión educativa debería centrarse en cómo formar pensamiento crítico real, comprensión tecnológica, análisis económico riguroso y capacidad de adaptación. El desafío es preparar a una generación para navegar complejidad, no para habitar una narrativa única.
El riesgo no está en estudiar tradiciones críticas. El riesgo aparece cuando una interpretación histórica se convierte en lente predominante desde el poder. Allí la crítica deja de abrir preguntas y comienza a clausurarlas.
Marx desconfiaba de la concentración del poder, incluso cuando se ejercía en nombre de la emancipación. Convertir una tradición crítica en narrativa institucional dominante encierra una paradoja que él mismo habría señalado.
La grandeza de Marx reside en su capacidad de incomodar estructuras establecidas.
La fragilidad surge cuando su legado se utiliza para consolidar una estructura desde el poder.
La escuela democrática vive del contraste de ideas. Sin contraste, el pensamiento se empobrece. Y cuando el pensamiento se empobrece, la educación pierde su función formadora de autonomía.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto, si la inteligencia artificial y el juicio crítico lo permiten.
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