Códigos de poder
David Vallejo
Durante el último siglo la esperanza de vida humana se estiró como jamás ocurrió antes. A inicios del siglo XX vivir más de cincuenta años representaba una excepción. Vacunas, antibióticos, saneamiento, cirugía, nutrición y sistemas de salud transformaron el destino biológico de millones. El cuerpo dejó de sucumbir temprano a infecciones simples y comenzó a ganar tiempo. Décadas completas se añadieron a la vida promedio y ese proceso todavía avanza.
En ese contexto apareció una escena que pasó casi desapercibida fuera de los círculos estratégicos. Un diálogo entre Vladimir Putin y Xi Jinping donde hablaron de vivir más de 100 años. La conversación resultó reveladora. Las grandes potencias dejaron de ver la longevidad solo como un asunto médico y comenzaron a tratarla como variable geopolítica. Poblaciones que viven más tiempo cambian economías, ejércitos, sistemas de pensiones y formas de gobernar.
Mientras los Estados piensan en longevidad desde el poder, en Silicon Valley se aborda desde la ingeniería. Capital, talento y obsesión se concentraron en un objetivo que antes pertenecía a la ciencia ficción. Extender la vida saludable. Fondos de inversión, laboratorios y universidades comenzaron a trabajar sobre el envejecimiento como si se tratara de un problema técnico susceptible de optimización. Inteligencia artificial aplicada a biología, secuenciación genética, edición celular, reprogramación epigenética y medicina personalizada avanzan de forma acelerada. El envejecimiento dejó de ser destino y empezó a verse como proceso intervenible.
En ese ecosistema destaca la figura de Peter Diamandis. Ingeniero, médico, fundador de la XPRIZE Foundation y una de las voces más influyentes del pensamiento exponencial. Diamandis lleva años insistiendo en una idea tan simple como inquietante. La ciencia está avanzando más rápido que nuestra preparación biológica para aprovecharla. Viviremos más tiempo. El punto crítico consiste en cómo llegar a ese futuro.
Su reflexión gira alrededor de una carrera silenciosa. La biotecnología, la inteligencia artificial y la medicina regenerativa prometen añadir años e incluso décadas de vida saludable. Sin embargo ese beneficio favorece a quienes logren mantenerse funcionales mientras esas terapias maduran. Diamandis lo plantea como una intercepción. Mantener el cuerpo en condiciones óptimas hasta que los avances permitan reparar lo que antes se desgastaba sin retorno.
Desde esa lógica propone un conjunto de decisiones cotidianas que adquieren un peso histórico. Dormir se convierte en estrategia de supervivencia biológica. El descanso profundo regula hormonas, sistema inmune y metabolismo. La masa muscular emerge como uno de los grandes pilares de la longevidad. Fuerza, proteína suficiente y entrenamiento constante protegen frente a fragilidad y enfermedad. El corazón y las mitocondrias reclaman intensidad para sostener la energía vital. El ayuno moderado activa mecanismos de limpieza celular diseñados por la evolución. Medir el cuerpo mediante datos, biomarcadores y estudios preventivos permite intervenir antes del colapso. La mente y la comunidad importan tanto como el gimnasio. Relaciones sólidas, propósito y entorno emocional estable prolongan la vida con la misma fuerza que un fármaco.
Diamandis insiste en que la genética explica una fracción del envejecimiento. El resto se construye todos los días. La longevidad deja de ser herencia y se vuelve proyecto personal.
Sin embargo, la longevidad avanzada tendrá costos elevados. Acceso desigual, tecnologías complejas y tratamientos sofisticados marcarán diferencias profundas. Vivir más y mejor representará un privilegio antes de convertirse en norma. El riesgo de una brecha biológica entre quienes acceden a estas innovaciones y quienes quedan fuera se vuelve tangible.
La pregunta central ya dejó de ser si viviremos más tiempo. En pocos años, esto será una realidad, aunque no para todos. La pregunta verdadera apunta a quiénes de los que tengan esas posibilidades llegarán a ese futuro con un cuerpo capaz de disfrutarlo.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA, el capital biológico y nuestras decisiones diarias lo permiten.
Placeres culposos: Escuchar una y otra vez, la nueva canción de protesta de The Boss, Bruce Springstreen, Streets of Minneapolis.
Churros con cajeta y lechera para Greis y Alo…hablando del capital biológico.










