Códigos de poder
David Vallejo
En un tiempo saturado de diagnósticos veloces y certezas aparentes, el Edelman Trust Barometer 2026 permite observar con precisión el estado real de la confianza en el mundo a partir de una medición acumulada durante veintiséis años. El estudio se basa en una encuesta aplicada en veintiocho países con más de treinta y tres mil entrevistas representativas por edad, género y región, levantadas entre octubre y noviembre de 2025 bajo estándares estadísticos rigurosos que hacen comparables los resultados a lo largo del tiempo y entre países.
El hallazgo central es claro, la confianza ya no se expande de manera generalizada, se concentra. Se desplaza hacia lo cercano, hacia lo similar, hacia lo que se percibe como propio. A este fenómeno el estudio lo llama insularidad, una disposición creciente a confiar en quienes comparten valores, ideas, información o estilo de vida, mientras la apertura hacia lo distinto se reduce de manera significativa.
Siete de cada diez personas en el mundo muestran reservas para confiar en alguien diferente en aspectos esenciales como creencias, cultura o interpretación de la realidad. Esa cifra permite dimensionar el cambio. Durante décadas, la confianza se construía sobre la idea de convivencia entre diferencias. Hoy se organiza alrededor de la afinidad.
Ese movimiento ocurre en un entorno marcado por crisis acumuladas. Inflación persistente, tensiones geopolíticas, desinformación, pandemia reciente y aceleración tecnológica han generado una sensación extendida de vulnerabilidad. Ante ese contexto, la reacción social privilegia la cercanía emocional frente a la complejidad del mundo.
El índice global de confianza se ubica en cincuenta y siete puntos. La cifra por sí misma sugiere estabilidad, aunque al desagregarla aparece una diferencia contundente entre regiones. Los países en desarrollo alcanzan sesenta y seis puntos de confianza, mientras los países desarrollados permanecen en cuarenta y nueve. En términos simples, las sociedades con mayor expectativa de crecimiento y movilidad muestran mayor confianza que aquellas donde el crecimiento luce más limitado.
Las diferencias se vuelven todavía más claras dentro de cada país. Las personas con mayores ingresos registran niveles de confianza considerablemente superiores a los de menores ingresos. A nivel global, quienes se ubican en el segmento alto confían en las instituciones en un nivel cercano a sesenta y tres puntos, mientras quienes se encuentran en el segmento bajo lo hacen alrededor de cuarenta y ocho. La distancia entre ambos grupos se ha duplicado en poco más de una década.
Ese dato permite identificar con claridad quién confía más y quién menos. Confían más quienes perciben que el sistema funciona para ellos, quienes cuentan con estabilidad económica y acceso a oportunidades. Confían menos quienes experimentan incertidumbre, precariedad o sensación de exclusión. En ese grupo, la idea de que el sistema beneficia a unos cuantos adquiere fuerza y se convierte en una lente desde la cual se interpreta la realidad.
El futuro también se percibe distinto según la posición social. A nivel global, apenas el treinta y dos por ciento considera que la siguiente generación vivirá mejor. Esa expectativa disminuye con mayor intensidad en los sectores de menores ingresos, donde la percepción de rezago frente a la inteligencia artificial y los cambios tecnológicos es significativamente más alta.
La confianza también cambia de lugar en términos institucionales. Las personas confían más en su entorno inmediato que en las estructuras formales. Familia, amigos, compañeros de trabajo y líderes cercanos registran aumentos en credibilidad. En contraste, gobiernos, medios de comunicación y líderes internacionales presentan niveles más bajos de confianza. En términos concretos, la confianza en el empleador se ubica cerca de setenta y ocho puntos, mientras el gobierno ronda los cincuenta y tres y los medios cerca de cincuenta y cuatro.
Ese contraste muestra con claridad hacia dónde se desplaza la confianza. Se fortalece en lo cotidiano y se debilita en lo institucional. La consecuencia es una vida pública con menor capacidad de articulación colectiva y mayor dependencia de círculos cercanos.
México se ubica en una posición intermedia dentro de este panorama. Con cincuenta y siete puntos, se encuentra en una zona neutral. Por encima de países como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania, cuyos niveles de confianza se sitúan por debajo de cincuenta, y por debajo de países como China, India o Emiratos Árabes Unidos, que superan los setenta puntos.
Esa posición permite identificar con mayor claridad sus contrastes internos. En México, las personas con mayores ingresos registran niveles de confianza cercanos a sesenta y seis puntos, mientras aquellas con menores ingresos se ubican alrededor de cincuenta. La diferencia reproduce la tendencia global y confirma que la confianza está estrechamente vinculada con la experiencia económica.
Otro rasgo distintivo del caso mexicano es la preferencia por lo nacional. Las empresas con origen en el país generan aproximadamente once puntos más de confianza que las empresas extranjeras. Esto muestra una inclinación hacia lo cercano que coincide con la tendencia global de concentrar la confianza en lo propio.
Cuando la confianza se restringe a círculos estrechos, la cooperación entre personas distintas se vuelve más compleja. Equipos de trabajo enfrentan tensiones, la innovación pierde impulso cuando la diversidad se percibe como riesgo, y las decisiones públicas encuentran mayores obstáculos para construir acuerdos amplios.
Frente a este contexto, el estudio propone la intermediación de confianza, es decir, un proceso que consiste en identificar intereses comunes entre grupos distintos, traducir posiciones y generar entendimientos sin exigir coincidencias absolutas. En lugar de buscar uniformidad, se trata de construir puentes funcionales entre diferencias.
La claridad del diagnóstico permite una lectura más amplia. La confianza acompaña a la expectativa de futuro, a la percepción de equidad y a la cercanía institucional. Donde existen oportunidades, información confiable y sentido de pertenencia, la confianza crece. Donde predomina la incertidumbre y la percepción de exclusión, la confianza se reduce.
Para México, su nivel actual refleja una base que puede fortalecerse si se reducen las brechas económicas y se acercan las instituciones a la vida cotidiana.
El Edelman Trust Barometer 2026 evidencia que la confianza se construye todos los días a partir de decisiones concretas sobre en quién creer, a quién escuchar y con quién colaborar. En esa suma de decisiones se dibuja el tipo de sociedad que se habita, una sociedad que puede ampliarse hacia la cooperación o cerrarse sobre sí misma en busca de certezas inmediatas.
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