EN SÍNTESIS

Por Alfredo Cuéllar*
A esta hora del día, hoy 28 de marzo, del actual 2026, mientras avanzan las protestas en Estados Unidos bajo la consigna de solo dos letras: “No Kings”, los primeros reportes coinciden en algo significativo: miles de movilizaciones se han registrado en todo el país, en lo que ya se perfila como la tercera gran ola de un movimiento que no solo crece, sino que se organiza y se mantiene, en su mayoría, de forma pacífica.
No es un estallido espontáneo…es una acumulación.
Y ese dato —por sí solo— obliga a detenernos.
Porque las grandes movilizaciones no se explican por un evento… sino por una trayectoria.
Lo que estamos viendo hoy no surge de la nada. Es la expresión visible de un proceso más profundo, en el que una parte significativa de la sociedad ha comenzado a percibir que el ejercicio del poder ha cruzado ciertos límites, no necesariamente legales, pero sí políticos y simbólicos.
El fenómeno que hoy encarna Donald Trump no puede entenderse únicamente desde sus decisiones como presidente. Su estilo tiene raíces anteriores: una trayectoria marcada por confrontación, litigios, manejo intensivo de los medios y una relación particularmente flexible con la verdad en el espacio público.
No se trata aquí de juzgar… sino de observar.
Ese estilo, trasladado al ejercicio del poder, produce características específicas: una fuerte personalización de las decisiones, la centralidad del líder por encima de las instituciones, y la construcción de círculos de lealtad que, en ocasiones, difuminan la frontera entre lo público y lo privado.
Nada de esto es nuevo en la historia del poder.
Pero sí lo es su intensidad en el contexto actual.
Y es precisamente ahí donde aparece la reacción.
“No Kings” no es solo una consigna.
Es una síntesis política.
Reduce un fenómeno complejo a una imagen comprensible para millones: el rechazo a la concentración del poder en una sola figura.
Ese es su éxito.
Pero este fenómeno no se construye en el vacío.
Se alimenta de experiencias concretas.
De ciudadanos que perciben decisiones duras en materia migratoria; de familias que resienten el costo creciente de la vida cotidiana —desde la gasolina hasta los alimentos—; de sectores que cuestionan el sentido de conflictos internacionales que parecen lejanos, pero cuyas consecuencias económicas y políticas se sienten en casa.
Ahí es donde el poder deja de ser concepto…
y se convierte en experiencia.
Y cuando la experiencia se acumula, se transforma en percepción.
Y la percepción —cuando se comparte— se convierte en acción.
Y aquí es donde el análisis deja de ser coyuntural…
y se vuelve estructural.
Porque a más de cuatrocientos días del inicio de su segundo mandato, Donald Trump ya no puede ser leído como una promesa política ni como una anomalía pasajera. Estamos frente a un modelo de ejercicio del poder que ha dejado de ser hipotético para convertirse en experiencia acumulada.
Y esa experiencia —como toda forma de poder— genera su propia respuesta.
“No Kings” no es un accidente.
Es una reacción.
No necesariamente organizada desde un centro único, pero sí articulada desde una percepción compartida: que el poder, cuando se personaliza en exceso, comienza a tensionar los límites de lo institucional.
Desde la Micropolítica, esto es perfectamente predecible.
Todo poder que concentra decisiones, símbolos y lealtades en una sola figura, inevitablemente produce una contra-narrativa que busca restablecer equilibrio.
Hoy esa contra-narrativa no está en los discursos académicos, ni en los debates legislativos.
Está en la calle.
Y eso —más allá de simpatías o rechazos— es el dato verdaderamente relevante.
Porque cuando la reacción deja de ser individual y se vuelve colectiva, el fenómeno ha cambiado de escala.
EN SÍNTESIS
No estamos viendo únicamente protestas contra un presidente.
Estamos observando el punto en el que una parte de la sociedad redefine su relación con el poder.
Y ese momento —históricamente— nunca es menor.
*Alfredo Cuéllar es académico, consultor internacional y creador de la disciplina de la Micropolítica, dedicada al estudio del poder que no se ve en las organizaciones y en la vida pública.










