
Por Alfredo Cuéllar*
A los 80 años, viajar deja de ser un acto de movimiento y se convierte en un ejercicio de observación. El cuerpo impone sus condiciones, pero la mente adquiere otra ventaja: la capacidad de ver con mayor profundidad lo que antes pasaba desapercibido.
Este viaje a Tlaxcala y Puebla no fue turístico en el sentido convencional. Fue, más bien, una oportunidad para entender cómo el poder —ese que normalmente asociamos con la política o las instituciones— también se expresa en la cultura, en las relaciones humanas y, de manera muy concreta, en la mesa.
Tlaxcala es un estado que históricamente ha vivido a la sombra de su vecina Puebla. Pequeño en territorio, pero complejo en identidad, carga con una narrativa ambigua: aliado de los españoles en la Conquista, marginado en el imaginario nacional, pero profundamente arraigado en tradiciones que sobreviven con fuerza.
Tlaxcala no solo es un territorio; es una identidad que se defiende.
A lo largo del recorrido, se percibe una narrativa distinta a la del mestizaje predominante en otras regiones del país. Aquí emerge un orgullo particular, más contenido, pero profundamente arraigado, que se expresa en la forma en que se interpreta la historia.
Para algunos tlaxcaltecas, su alianza con los españoles no representa traición, sino una decisión estratégica de supervivencia frente al dominio mexica. No se ven como sometidos, sino como actores que negociaron su lugar en la historia.
Esa lectura —discutible para algunos, afirmativa para otros— revela algo más importante: la identidad no es un dato, es una construcción. Y en esa construcción, cada comunidad define su papel, su narrativa… y su forma de ejercer poder.
Puebla, por su parte, representa otra lógica: orden, estructura, monumentalidad. Es una ciudad que se muestra, que se proyecta, que organiza su historia en grandes trazos visibles.
Aunque ambas forman parte ya de la misma área metropolitana, pues solo las separa 15 minutos, entre ambas se genera un contraste interesante:
una tensión entre lo íntimo y lo institucional, entre lo discreto y lo formal, lo mismo que hará imposible que por esas identidades adquiridas a lo largo de la historia, se confunda a un tlaxcalteca con un poblano.
Y es precisamente en ese “embudo” geográfico y cultural donde ocurre lo más relevante de este viaje.
A través de la invitación de Héctor Lepe —quien fungió como anfitrión y articulador del recorrido— llegamos a un espacio que sintetiza muchas de las dinámicas que estudio desde hace años: el ejercicio del poder en contextos no visibles.
El Coronel Rodrigo Morales Pluma, militar retirado, tomó una decisión que pocos logran ejecutar: regresar a su lugar de origen y construir, junto con su familia, un proyecto con identidad propia.
Así nace el Hotel XIADANI.
Pero definirlo como hotel sería limitarlo.
XIADANI es un espacio donde convergen tradición, creación y visión. No reproduce el pasado: lo reinterpreta. El temazcal, la gastronomía, el pulque, los mezcales y los digestivos no están ahí como elementos decorativos, sino como parte de una propuesta integral que busca generar experiencia, no consumo.
En un mundo donde el turismo se ha estandarizado bajo modelos corporativos, este tipo de proyectos representan una ruptura: una apuesta por lo auténtico, por lo local, por lo que no se puede replicar en serie.
Y ahí es donde aparece una lectura más profunda.
El poder no solo se ejerce desde las instituciones. También se construye desde la identidad.
En XIADANI, el poder se expresa en la capacidad de crear un espacio que convoca, que conecta, que genera lealtades. No es un poder visible, pero es efectivo. Es el tipo de poder que la Micropolítica busca entender.
La convivencia, las conversaciones, los silencios, las jerarquías implícitas… todo eso forma parte de un entramado que no aparece en los discursos oficiales, pero que define la calidad de las relaciones humanas.
La experiencia culinaria y etílica refuerza esta idea.
El conejo, exquisitamente preparado, y los mezcales —claramente distintos en textura, sabor, retrogusto y evocación de aquellos provenientes de estados como Oaxaca, Guerrero, Durango, San Luis Potosí, Zacatecas, Puebla, Michoacán, Tamaulipas, Estado de México o Aguascalientes— revelan un sello propio: el del paladar y la visión del Coronel.
No se trata de competir con las tradiciones consolidadas del mezcal, sino de proponer una interpretación con identidad. Aquí, el pulque y los digestivos artesanales amplían la experiencia y la conectan con una raíz ancestral que se reinventa con creatividad.
Estos platillos y bebidas trascienden su función básica. No son solo alimentos ni etílicos: son expresiones culturales que comunican historia, territorio y una voluntad clara de creación.
Hay momentos en que el paladar reconoce algo inusual: no porque sea mejor en términos absolutos, sino porque es irrepetible. Y eso genera emoción.
En ese sentido, lo que se ofrece en XIADANI no busca comparación.
Construye identidad.
Y esa identidad —anclada en la mesa, en el fuego y en el agave— se convierte en una forma de poder simbólico que define al espacio, a la familia que lo impulsa, y a la región que lo sostiene.
Como Master of Malts, puedo afirmarlo con claridad:
lo que se produce en este espacio no busca imitar tradiciones extranjeras, sino afirmar una identidad propia con sofisticación.
Y eso, en el México contemporáneo, no es menor.
Para mí, salir de la rutina —en este caso, de Fresno— me permitió observar con mayor claridad no solo el entorno, sino también las relaciones. Los viajes, bien entendidos, no son desplazamientos geográficos, sino procesos de reinterpretación.
Este fue uno de ellos.
EN SÍNTESIS
Este viaje no fue sobre Tlaxcala o Puebla como destinos.
Fue sobre cómo el poder se manifiesta en lo cotidiano: en la hospitalidad, en la cultura, en la creación y en las relaciones humanas.
Porque al final, el poder no solo se decide en los grandes escenarios.
También se construye —y se comparte— alrededor de una mesa, del fuego… y del espíritu del agave.
*El Dr. Alfredo Cuéllar es profesor retirado de California State University, Fresno, ex académico de la Universidad de Harvard y consultor internacional. Creador del concepto de Micropolítica, ha dedicado su vida a estudiar el poder en las organizaciones y en la vida cotidiana. Es articulista en DEBATEX y conferencista, reconocido por su estilo directo, crítico y cercano, que traduce ideas complejas en reflexiones accesibles para el público. alfredocuellar@me.com










