Códigos de poder
David Vallejo
Hace unos días ocurrió en Washington un episodio que podría parecer menor dentro del ruido cotidiano de la industria tecnológica. El Pentágono decidió sustituir a Anthropic por OpenAI como proveedor de inteligencia artificial en diversos proyectos estratégicos del gobierno estadounidense. La noticia puede leerse como un simple cambio de proveedor, algo frecuente en el mundo de los contratos tecnológicos. Sin embargo, al observarla con cuidado, revela una discusión mucho más profunda sobre el lugar que ocuparán los algoritmos dentro de las estructuras de poder del siglo XXI.
Anthropic es una de las empresas más avanzadas en el desarrollo de modelos de inteligencia artificial. Su sistema Claude compite en el mismo nivel que las plataformas creadas por OpenAI o Google. La empresa se formó alrededor de una convicción muy concreta de sus fundadores, antiguos investigadores del sector que decidieron diseñar estos sistemas bajo ciertos límites éticos definidos desde el inicio. Entre esos límites destacan dos que resultan especialmente sensibles en el ámbito gubernamental. El rechazo a la vigilancia masiva sobre poblaciones civiles y la negativa a que algoritmos autónomos participen en decisiones letales sin intervención humana.
Cuando el Departamento de Defensa estadounidense comenzó a explorar la incorporación de inteligencia artificial en distintos procesos de seguridad nacional, Anthropic apareció como un socio natural. Sus modelos tienen la capacidad de analizar enormes volúmenes de información, sintetizar reportes complejos y encontrar patrones estratégicos en datos provenientes de sensores, satélites o redes de inteligencia. El contrato propuesto superaba los doscientos millones de dólares y encajaba dentro de una tradición bien conocida en Estados Unidos, donde buena parte de las grandes innovaciones tecnológicas han surgido de la colaboración entre investigación científica y defensa.
Las negociaciones avanzaron hasta chocar con una diferencia de fondo. Anthropic insistió en mantener las salvaguardas éticas bajo las cuales diseñó su tecnología. El Pentágono buscaba un marco operativo más amplio para integrar esos sistemas en entornos estratégicos. El desacuerdo terminó rompiendo la relación.
Poco después el Departamento de Defensa anunció acuerdos con OpenAI para incorporar modelos avanzados de inteligencia artificial en proyectos gubernamentales.
La escena tiene un significado que va mucho más allá de la competencia entre empresas tecnológicas. Indica el momento en que la inteligencia artificial entra definitivamente en el tablero geopolítico. Durante gran parte del siglo XX el equilibrio internacional dependía del poder nuclear, de la capacidad industrial y del dominio tecnológico en sectores como los satélites o los microprocesadores. En este siglo comienza a consolidarse otro factor decisivo. La capacidad de interpretar información estratégica mediante algoritmos capaces de procesar cantidades inmensas de datos en segundos.
Una inteligencia artificial avanzada puede examinar millones de imágenes satelitales para detectar movimientos militares, sintetizar información procedente de múltiples fuentes o modelar escenarios complejos para apoyar decisiones estratégicas. Esa capacidad convierte a los sistemas algorítmicos en una nueva infraestructura del poder contemporáneo.
La historia de la tecnología muestra que cada avance importante obliga a redefinir sus límites. La energía nuclear permitió alimentar ciudades enteras y también introdujo el arma más devastadora jamás creada. Internet abrió horizontes extraordinarios para el conocimiento y al mismo tiempo transformó la manera en que circula la información y la influencia política.
La inteligencia artificial amplifica esa tensión con una intensidad inédita. Los algoritmos que ayudan a médicos, científicos o ingenieros pueden integrarse también en sistemas de seguridad, inteligencia o defensa. La diferencia entre una herramienta de progreso y un instrumento de control depende del marco institucional que la rodee.
El episodio entre Anthropic, OpenAI y el Pentágono señala con claridad el punto en que se encuentra esta transformación. La inteligencia artificial ha dejado de ser una curiosidad tecnológica o una promesa de innovación empresarial. Se ha convertido en uno de los espacios donde se definirá la arquitectura del poder en las próximas décadas.
La tecnología avanza con una velocidad extraordinaria, mientras las sociedades apenas comienzan a construir los principios que deberán guiar su uso. El dilema entre capacidad tecnológica y responsabilidad moral acompañará cada paso de esta nuevo mundo.
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