EN SÍNTESIS
Por Alfredo Cuéllar*
Corría el año de 1938.
Estados Unidos aún respiraba el polvo de la Gran Depresión. El país no solo enfrentaba una crisis económica devastadora; enfrentaba una crisis de confianza institucional. El Partido Demócrata, ya consolidado en el poder bajo el liderazgo de Franklin Delano Roosevelt, entendía que ganar elecciones no era suficiente: había que reconstruir el contrato político de la nación.
Roosevelt —aquel millonario paralítico que convirtió su adversidad en fuerza histórica— comprendió algo que pocos líderes entienden a tiempo: las crisis no solo exigen políticas públicas; exigen coaliciones nuevas. Mientras el Partido Republicano mantenía una continuidad ideológica relativamente estable, los demócratas debían reinventarse si querían gobernar con estabilidad duradera.
Fue entonces cuando comenzaron a aglutinar a sectores que no encontraban representación firme en el mapa político tradicional: trabajadores industriales, sindicatos, inmigrantes, mujeres y, progresivamente, comunidades afroamericanas del norte urbano, junto con otras minorías emergentes. No fue una adhesión sentimental, sino una reconfiguración estratégica del poder.
Se reinventa el Partido Demócrata
Así nació el Partido Demócrata moderno como partido de coaliciones amplias. La lección no fue ideológica; fue organizativa: las coaliciones no se heredan, se construyen y se administran con inteligencia política. Una alianza diversa —contradictoria incluso— pero cohesionada por una visión común de Estado activo y protección social.
En política, las crisis abren ventanas de realineamiento. Roosevelt lo entendió. Casi un siglo después, otra ventana se abrió. La historia ofreció a Donald Trump una oportunidad estructural comparable: la posibilidad de consolidar una nueva coalición multirracial de clase trabajadora. Pero donde Roosevelt entendió que una coalición exige integración y reconocimiento constante —y practicó el arte político de ampliar la base sin humillar a los recién llegados— Trump operó como si el respaldo coyuntural equivaliera a subordinación permanente.
Una coalición republicana
Durante años, la idea de una coalición republicana multirracial de clase trabajadora fue poco más que una fantasía estratégica. Demasiado contradictoria para unos, demasiado cínica para otros. Sin embargo, en 2024 ese momento existió. No como ilusión ideológica, sino como hecho electoral.
Donald Trump —por razones que incomodaron tanto a liberales como a conservadores tradicionales— logró erosionar un terreno que durante décadas pareció inexpugnable para los republicanos: el voto de sectores negros y latinos, particularmente entre hombres de clase trabajadora, votantes moderados y grupos menos anclados en la memoria del movimiento por los derechos civiles. Al mismo tiempo, consolidó su base histórica entre blancos de clase trabajadora, creando una convergencia que muchos analistas comenzaron a describir como un realineamiento estructural.
No se trató de una adhesión masiva ni homogénea. Pero sí fue suficiente para romper un tabú central de la política estadounidense: la creencia de que ciertas comunidades votan como bloques permanentes, movidas por lealtades históricas inmutables. En 2024 quedó claro que esa lógica empezaba a resquebrajarse. El voto dejó de ser herencia automática y comenzó a comportarse como decisión contingente.
Ese instante —breve, inestable, pero real— abría una posibilidad inédita: una coalición basada menos en identidades raciales cerradas y más en intereses compartidos, resentimientos cruzados, valores culturales y frustraciones económicas comunes. Una coalición imperfecta, contradictoria, incluso incómoda, pero potencialmente duradera si se hubiera entendido una regla básica del poder político: al aliado nuevo no se le humilla; se le cuida, se le ilusiona, se le comparte, se le muestra se le muestra el horizonte de posibilidades que el nuevo proyecto político le ofrece.
Ese fue el punto de inflexión. Y también el punto que se perdió.
El error no fue ideológico, fue micropolítico
En política, la diferencia entre consolidar y perder una coalición suele jugarse en los detalles invisibles del poder. El error de Trump no fue, como suele decirse, ideológico. No fue simplemente un exceso conservador, ni una radicalización previsible. Fue un error micropolítico, mucho más elemental y, por eso mismo, más costoso: tratar a los nuevos aliados como si fueran prescindibles.
En política, el voto obtenido no equivale automáticamente a lealtad consolidada. Mucho menos cuando proviene de sectores que históricamente han votado por el adversario. Esos apoyos no se administran con fuerza, sino con reconocimiento simbólico, cuidado narrativo y una mínima coherencia entre discurso y acción. Trump hizo exactamente lo contrario.
Desde los primeros meses de su segundo mandato, envió señales claras de desprecio hacia sectores minoritarios que habían comenzado —con cautela— a cruzar la frontera partidista. Las políticas migratorias ejecutadas con brutalidad, la teatralización del castigo, el uso del miedo como instrumento cotidiano y los gestos simbólicos ofensivos no solo activaron a sus opositores tradicionales; humillaron a parte de sus propios votantes recientes.
Aquí conviene subrayar algo esencial: la micropolítica no se juega en grandes discursos, sino en pequeños mensajes acumulados. Un tono despectivo. Una política aplicada sin distinción. Una narrativa que convierte al aliado circunstancial en daño colateral. Cada uno de estos actos, por separado, puede parecer menor. Juntos, erosionan la confianza.
Trump actuó como si el voto minoritario obtenido en 2024 fuera un botín asegurado, no una alianza frágil. Confundió respaldo táctico con subordinación. Y en política, esa confusión suele pagarse caro. El votante que cruza una línea histórica no lo hace para ser invisibilizado, sino para ser tomado en cuenta. Cuando ocurre lo contrario, el repliegue es casi inevitable.
El fin del voto cautivo
Uno de los cambios más profundos —y menos comprendidos— de la política contemporánea es el fin del voto cautivo. Durante décadas, tanto el Partido Demócrata como buena parte de la academia asumieron que el voto negro y, en menor medida, el voto latino, respondían a una lógica de lealtad grupal reforzada por la memoria histórica, la presión comunitaria y el temor a la traición identitaria.
Ese modelo funcionó durante mucho tiempo. Pero ya no describe la realidad actual.
Las nuevas generaciones de votantes negros y latinos están más distantes del movimiento por los derechos civiles, menos sujetas a sanciones sociales internas y más expuestas a narrativas alternativas: meritocracia, masculinidad, religión, desconfianza institucional, prosperidad individual, incluso desinformación. El resultado no es una migración masiva hacia el Partido Republicano, sino algo más disruptivo: la conversión del voto en un mercado competitivo.
Esto obliga a una constatación incómoda: los partidos ya no pueden depender de la identidad como garantía. El voto debe ganarse, no administrarse. Y quien confunda apoyo coyuntural con lealtad estructural cometerá errores estratégicos graves.
El problema demócrata que nadie quiere admitir
El debilitamiento del vínculo entre Trump y parte de sus nuevos votantes no significa, sin embargo, que el Partido Demócrata haya resuelto su propia crisis. Los datos muestran algo inquietante: el retroceso republicano no se traduce automáticamente en un fortalecimiento demócrata.
Cierto es que muchos afroamericanos y latinos optaron por Trump, solo para arrepentirse meses después por las razones aquí expuestas. Pero ese desencanto no es resultado de una reconquista demócrata, sino del fracaso del propio proyecto trumpista para sostener alianzas duraderas.
Muchos votantes minoritarios no regresan por entusiasmo, sino por desgaste de las expectativas que depositaron en Trump. Persisten la desconfianza, el escepticismo y una sensación de incumplimiento que alcanza a ambos partidos. El Partido Demócrata sigue apelando a la memoria, cuando una parte creciente del electorado vota desde el presente. Sigue hablando de valores, cuando muchos votantes preguntan por resultados.
En ese sentido, el problema de los demócratas con negros y latinos se parece cada vez más a su problema con el electorado en general: una percepción de distancia, de promesas abstractas y de incapacidad para traducir discurso moral en mejoras tangibles.
Advertencia final: el colapso del viejo contrato político
Lo que estamos presenciando no es un simple vaivén electoral ni un ajuste coyuntural. Es algo más profundo: el colapso del viejo contrato racial de la política estadounidense. Un contrato no escrito que garantizaba lealtades estables a cambio de representación simbólica y promesas de protección.
Ese contrato ya no rige. Y no volverá.
Ni Trump logró consolidar la coalición que se vislumbró, ni los demócratas pueden seguir confiando en lealtades automáticas. El poder político entra así en una fase más incierta, más volátil y, paradójicamente, más honesta: la era en que el voto ya no se hereda, se negocia.
Quien no entienda esta nueva micropolítica del poder —basada en vínculos frágiles, reconocimiento mutuo y límites al desprecio— seguirá ganando elecciones… solo para perder coaliciones. Y en política, perder la coalición es perder el futuro.
*Dr. Alfredo Cuéllar. Académico, consultor internacional y creador de la Micropolítica como disciplina de análisis del poder invisible en organizaciones y sistemas políticos. Fue el primer mexicano en enseñar en la Universidad de Harvard y es profesor de Fresno State University.










