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Invitado

14 de febrero

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Códigos de poder
David Vallejo

Por hoy me permití ser cursi, no como concesión al calendario ni como gesto automático, sino como una decisión consciente, como quien baja la guardia un instante y escribe desde el único lugar que importa. El amor, cuando es verdadero, no necesita defensa ni justificación. Llega despacio, acomoda el mundo y se queda. No se anuncia, pero lo mueve todo. Amar es elegir cuidar antes que imponerse, ejercer un poder silencioso que transforma desde adentro sin pedir permiso.

Aprendí a amar mucho antes de entenderlo. La vida fue dejando señales sueltas, escenas incompletas, frases que resonaban sin explicación. En una estación envuelta en niebla alguien dijo que siempre nos quedará París y, sin saber por qué, supe que amar también podía ser aceptar la pérdida sin rencor, conservar lo vivido como un territorio que nadie puede arrebatar. Casablanca no hablaba de finales felices, hablaba de dignidad, de ese tipo de amor que entiende que querer a alguien a veces implica no retenerlo.

También conocí el amor que no es correspondido, el que duele y se vive hacia adentro. Grecia, ganar tu corazón no fue fácil. Fue historia de película, comedia de ocasión. En la lucha por conquistarte aprendí que amar también es exponerse sin garantía, cantar aunque el otro no escuche. El cantautor Fernando Delgadillo lo dijo en Ten miedo de mí. Hay amores que no se quedan, pero enseñan a no mentirse, a nombrar lo que se siente aunque los puños tiemblen de rabia al verte triste o de furia si alguien se te acercara.

Después, leyendo a Shakespeare, llegó la intensidad. Romeo y Julieta me enseñó que el amor puede ser incendio, exceso y juventud que se cree eterna. En esa historia universal todo es urgencia y absoluto, como cuando uno ama por primera vez y cree que el mundo empieza y termina en un solo nombre, como si no existiera un mañana capaz de pedir calma, aun sabiendo que vendrá algo mejor.

Hubo un momento distinto cuando amar dejó de ser expectativa y se volvió impulso creador. Cuando la inspiración fluye y el amor empuja a decir o crear algo que antes no existía, como en Te doy de Silvio Rodríguez, acto de entrega, gesto creativo, manera de ofrecer lo mejor que uno tiene aunque no sepa si bastará. Con la trova de fondo escribí canciones de madrugada cuando más quería tu luz e hice un óleo de una mujer sin sombrero.

Con los años la vida se volvió más áspera y el amor apareció distinto, menos ideal y más necesario. En medio del horror alguien inventó un juego para proteger a su hijo y entendí que amar también es fabricar alegría para que el miedo no mande. La vida es bella me dejó esa certeza. Tal vez por eso Pablo Neruda pudo escribir que podía escribir los versos más tristes esa noche, porque amar también es aceptar la fragilidad y aun así quedarse, como en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde deseo y pérdida se rozan y se aceptan sin pedir permiso.

Con el tiempo apareció una verdad más callada y más firme. El amor no siempre salva, a veces simplemente está. Se queda, espera y acompaña. Tom Hanks en Forrest Gump lo dejó entrever sin discursos grandilocuentes, caminando, volviendo, permaneciendo. Amar también es insistir sin reclamar, regresar sin reproche, estar cuando nada necesita demostrarse. En ese silencio el amor aprende otra forma de fuerza, como si de fondo sonara Right Here Waiting de Richard Marx, decisión tranquila de quedarse.

Antes de entender el amor como promesa, lo entendí como cuidado. I Am Sam me lo enseñó sin adornos. Amor, sé que es tu película favorita, y no es casualidad, porque ahí el amor es presencia obstinada, fe sencilla que no se rinde aunque el mundo dude, acto cotidiano de insistencia. Cada vez que la veo entiendo mejor que amar es quedarse cuando todo alrededor pone a prueba y que el amor también es música, más si es de The Beatles, como en aquella conferencia sobre el cuarteto inglés donde te vi por primera vez.

Hubo un momento en que creí que el amor debía ser épico para ser verdadero, como si solo importara cuando hay un barco, un océano y una noche imposible. Titanic dejó esa imagen de dos manos aferradas cuando todo se congela. Más tarde entendí que la épica verdadera no siempre grita, a veces escribe cartas durante años, vuelve cada día y elige una y otra vez. The Notebook me enseñó que amar también es persistir aunque la memoria falle y el tiempo insista en borrar lo esencial.

Los libros cambiaron conmigo, como cambia la manera de mirar con los años. Gabriel García Márquez me enseñó que la constancia puede ser una forma profunda de romanticismo. En El amor en los tiempos del cólera el amor espera, madura e insiste, sin exigir aplausos ni desesperarse por llegar. Y cuando deja de ser impulso y se vuelve elección diaria, se vuelve una canción suave, casi un susurro, Have I Told You Lately. La versión de Rod Stewart siempre me lleva al mismo instante porque fue con esa canción que te entregué el anillo, con la certeza de que decir lo esencial una vez puede ser destino eterno.

Amar en pareja es eso, una elección cotidiana que se renueva sin promesas grandilocuentes. A veces se parece a Make You Feel My Love, de Bob Dylan, como si cuidar sin alardes fuera la forma más honesta de lealtad. Otras se parece a la verdad cruda que canta Joaquín Sabina en Morirme contigo, donde el amor es pacto, desgaste compartido y presencia incluso cuando el cuerpo y el tiempo pasan factura. Ahí amar es permanencia.

También hay amores que se vuelven memoria, ritual, objeto pequeño que guarda un universo entero. Orhan Pamuk lo escribió con obsesión delicada en El museo de la inocencia. Y hay amores que habitan la hora común, la casa, el cansancio, la verdad sin máscaras. Jaime Sabines lo dijo en Te quiero a las diez de la mañana porque el amor verdadero no necesita escenario ni horario especial. En mi caso, te quiero desde las cuatro de la mañana en adelante, en ese territorio donde el mundo todavía calla y el amor ya está despierto esperando que abras los ojos.

Y cuando naciste, Alondra, algo cambió para siempre. El amor dejó de ser idea y se volvió milagro cotidiano. No hubo metáfora suficiente, solo una canción que parecía decirlo todo sin explicarlo. You Are So Beautiful, en la voz de Joe Cocker, sonó como una verdad desnuda. Amar a una hija es reconocer que la belleza existe y que la vida encuentra sentido en esa preocupación gozosa que dura para siempre.

Hay un amor que redime, que cose lo roto, que no juzga. Víctor Hugo lo entendió como pocos. En Los miserables amar es rescatar, perdonar, creer en el otro cuando nadie más lo hace. Es sostener incluso a costa de uno mismo.

Y cuando hay amor existen instantes que quedan para siempre. En un concierto de Paul McCartney me levanté un momento y justo entonces empezó Blackbird. Cuando regresé, Alondra, estabas llorando, no porque la canción fuera triste, sino porque comenzó y yo no estaba a tu lado. En ese llanto entendí algo definitivo. Amar a una hija y ser correspondido es sentirse vulnerable, bendecido e invencible al mismo tiempo.

El amor deja huella en la manera de mirar, de escuchar y de elegir paciencia. Vuelve más humano, afina la sensibilidad y empuja a cuidar. Es transformación profunda y real.

En tiempos de ruido amar es negarse a la indiferencia, apostar por la humanidad del otro, elegir ternura cuando el mundo invita a endurecerse.

Esta carta es para quienes aman, para quienes esperan, para quienes sostienen, para quienes creen que el amor, aun frágil, sigue siendo la fuerza más poderosa que conocemos.

Como toda carta honesta tiene un destino claro. Está dedicada a Grecia y Alondra.

A Greis, gracias por tu creatividad que ilumina, por tu bondad que sostiene, por tus esfuerzos y tu capacidad de perdonar incluso cuando cuesta, y por eso que a veces no tiene nombre y aun así lo explica todo, eso que simplemente se llama amor y que contigo aprendí a reconocer en lo cotidiano.

A Alondra, por tu alegría que desarma, por esos ojos que sonríen antes que la boca, y por recordarme cada día que el mundo puede ser un lugar mejor cuando se mira con la pureza con la que tú lo miras.

Amar, cuando tiene nombre, vuelve la vida clara, firme y plena. Amar, al final, es la forma más hermosa de estar vivos y de ser, al menos por un día, muy muy cursi.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y el amor lo permiten.

Un ramo de rosas para Greis y uno de claveles para Alo.

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