EN SÍNTESIS
Por Alfredo Cuéllar
¿QUÉ DICE LA HISTORIA?
En la historia de Estados Unidos nunca había ocurrido algo remotamente parecido. Ninguna administración –ni la de Nixon en los peores días de Watergate, ni la de Andrew Johnson en la era de la Reconstrucción, ni la de Warren Harding con su Teapot Dome– había convertido al Departamento de Justicia en una extensión tan abierta del poder personal del presidente. El reportaje publicado ayer por The New York Times, con testimonios de más de sesenta fiscales y abogados de carrera (muchos de ellos conservadores y varios nombrados en la primera administración Trump), no es una opinión política: es el acta de defunción de la independencia del ministerio público estadounidense tal como la conocimos durante 155 años.
EVIDENCIAS
Los hechos son tan brutales que cuesta enumerarlos sin que suenen a caricatura: indultos masivos a agresores del Capitolio el mismo día de la toma de posesión, despido de cientos de fiscales por haber investigado al presidente o a sus aliados, órdenes directas de cerrar causas de corrupción contra alcaldes afines y de abrirlas contra enemigos políticos, presión para retirar demandas históricas de derechos civiles, utilización del FBI para redadas migratorias a costa de abandonar investigaciones de terrorismo y fraude corporativo, demandas a médicos que atienden a menores trans, citaciones (subpoenas) a universidades por “antisemitismo” dirigidas desde arriba con exigencias de multas de mil millones de dólares… La lista es tan larga que parece inventada. No lo está.
Uno de los fiscales entrevistados lo resumió así: “Nunca pensé que vería esto en mi país. No pensé que tendría que elegir entre mi carrera y mi conciencia”.
LOS DAÑOS
El daño institucional es, probablemente, irreparable en el corto y mediano plazo. Cuando se despide o se fuerza a renunciar a más de doscientos fiscales experimentados y a miles de abogados de carrera, no se sustituyen simplemente nombres en un organigrama: se pierde memoria institucional, se rompe la cadena de transmisión de criterio jurídico y ético que permitía al DOJ (Departamento de Justicia por sus siglas en inglés) funcionar con independencia real del poder político. Ese capital humano tarda décadas en reconstruirse. Algunos de los entrevistados lo dicen sin rodeos: “El Departamento de Justicia sobrevivirá, pero ya no será el mismo”.
MICROPOLÍTICA
Y aquí entra la Micropolítica, ese campo que estudia cómo los pequeños actos de poder cotidiano terminan configurando la gran política. El Capítulo 9 de mi reciente obra sobre Micropolítica aborda Ética y Valores, recordando que la legitimidad de un sistema depende menos de sus leyes escritas que del respeto cotidiano a tres principios elementales: imparcialidad, transparencia y rechazo al uso privado del poder público.
Los tres están ausentes hoy en el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Cuando un fiscal de carrera tiene que elegir entre firmar un escrito que sabe falso o ser despedido; cuando un jefe de sección es degradado por negarse a perseguir a un enemigo del presidente; cuando la oficina de ética es eliminada porque “molesta”; se destruye desde abajo la cultura ética que sostiene cualquier democracia. Aquí se vuelve visible el Complejo de Hybris: la convicción del gobernante de que el poder no tiene límites y de que nadie puede exigirle cuentas.
EL PROBLEMA NO ES SOLO TRUMP
Muchos dirán –y con razón– que el problema no es solo Trump: es la falla simultánea de los contrapesos constitucionales. El Congreso republicano ha abdicado de su función fiscalizadora hasta niveles grotescos; la Suprema Corte de Justicia, con su doctrina de inmunidad presidencial ampliada, ha eliminado el último miedo racional que podía tener un presidente a la hora de abusar del poder; y el sistema judicial ordinario, aterrado o cooptado, “mira para otro lado”.
Queda la urna cada cuatro años… pero esperar pacientemente al 2028 no es una solución: el daño ya estará hecho y, peor aún, normalizado. La próxima administración –sea quien sea– tendrá la tentación de repetir o vengarse, y el péndulo de la represalia política se convertirá en la nueva regla.
EL MUNDO GLOBAL
Los efectos internacionales son igualmente devastadores. El Departamento de Justicia era la punta de lanza global de la lucha contra la corrupción transnacional (FCPA) y contra el lavado de dinero de cleptócratas. Su debilitamiento envía un mensaje clarísimo a dictadores y oligarcas de todo el mundo: Estados Unidos ya no será un obstáculo si saben a quién donar o a quién halagar. Países que habían comenzado procesos de fortalecimiento institucional inspirados en el modelo estadounidense ahora miran con incredulidad y empiezan a retroceder.
AMÉRICA LATINA
En América Latina, donde tantas veces se nos advirtió del “peligro del hombre fuerte” y del “populismo autoritario”, el espectáculo es particularmente amargo. Vemos cómo la institucionalidad más sólida del hemisferio se desmorona en meses por la simple voluntad de un líder carismático y un partido que decidió que ganar era más importante que las reglas. Es la confirmación trágica de que ningún sistema está blindado cuando los incentivos políticos premian la lealtad por encima de la ley.
MORALEJA – Y UNA PUERTA A LA ESPERANZA
No hay final feliz fácil. El daño ético e institucional ya está hecho. Pero incluso en medio del deterioro, queda un punto de luz. En el propio reportaje del New York Times aparecen decenas de fiscales que renunciaron por dignidad, abogados que documentaron los abusos a riesgo de perder su carrera, funcionarios jóvenes que se negaron a firmar órdenes ilegales. Esa minoría silenciosa —a menudo derrotada, pero no extinguida— recuerda que la cultura democrática puede reconstruirse porque todavía existen quienes la encarnan.
La historia enseña que las instituciones se recuperan no por decreto, sino porque hay ciudadanos dispuestos a defenderlas cuando ya no es popular hacerlo. El Departamento de Justicia puede renacer precisamente desde ese núcleo ético que se negó a ceder. La reconstrucción será lenta, tal vez generacional, pero no imposible: toda república que ha resurgido lo ha hecho apoyándose en quienes supieron decir “no”.
Si esto puede pasar en Washington, también puede repararse en Washington. Y si puede repararse ahí, también puede repararse en cualquier parte.
Profesor y consultor internacional. Experto en Micropolítica. Comentarios y contacto: alfredocuellar@me.com












