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El mundo inclinado

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Códigos de poder

David Vallejo

El informe presentado ante el G-20 por el comité de expertos encabezado por Joseph Stiglitz confirma que el mundo atraviesa una emergencia de desigualdad. Es la primera evaluación global de este tipo y fue elaborada con base en las series del World Inequality Lab. Sus conclusiones describen un escenario alarmante. Desde el año 2000 el uno por ciento más rico del planeta ha capturado cuarenta y un por ciento de toda la riqueza creada mientras la mitad más pobre ha recibido apenas uno. En promedio cada integrante del segmento superior aumentó su patrimonio en un millón trescientos mil dólares mientras la mitad inferior apenas sumó quinientos ochenta y cinco.

El documento advierte que ochenta y tres por ciento de los países del mundo, donde vive noventa por ciento de la población, se encuentran dentro de la categoría de alta desigualdad definida por el Banco Mundial. La desigualdad entre países disminuye ligeramente gracias al crecimiento de algunas economías asiáticas, pero la desigualdad interna se dispara. Los países con brechas más profundas tienen siete veces más probabilidades de experimentar un deterioro democrático. En paralelo la riqueza de las personas ultrarricas equivale ya a dieciséis por ciento del PIB mundial y dos mil trescientos millones de seres humanos viven en inseguridad alimentaria, cifra que aumentó en más de trescientos millones desde 2019.

El estudio identifica dos motores de la concentración actual. El primero es la transmisión intergeneracional de riqueza: setenta billones de dólares cambiarán de manos en la próxima década reforzando las jerarquías patrimoniales existentes. El segundo es la expansión del poder de las grandes plataformas tecnológicas que dominan el espacio público digital mediante algoritmos que deciden qué se ve y qué se ignora. Ambos fenómenos consolidan un ecosistema donde el dinero y la voz pública convergen.

El comité propone tres líneas de acción. Reformar las reglas globales de propiedad intelectual, fiscalidad y comercio para garantizar una tributación justa a las multinacionales y a las grandes fortunas. Impulsar reformas nacionales que fortalezcan los derechos laborales, graven las rentas de capital, limiten la concentración empresarial e inviertan en servicios públicos universales. Promover la cooperación internacional para una transición verde que incorpore justicia social. Además plantea la creación de un Panel Internacional sobre Desigualdad, inspirado en el modelo del IPCC, que provea información comparable y guíe decisiones basadas en evidencia.

México encaja en este retrato con una precisión inquietante. Según el World Inequality Lab (2024) el diez por ciento más rico concentra alrededor de 58 por ciento del ingreso nacional, mientras la mitad inferior apenas capta una fracción mínima. En términos de patrimonio la brecha es aún mayor. Datos del Banco Mundial y de la CEPAL estiman que en América Latina el diez por ciento superior posee setenta y siete por ciento de la riqueza total y el cincuenta por ciento inferior solo uno. El país se ubica así entre los más desiguales de la región y de la OCDE.

Esta estructura genera una sensación persistente de estancamiento. Crecer deja de significar avanzar cuando las ganancias se acumulan en la cúspide y la base social sigue atrapada en la precariedad. Las cifras sobre ingreso explican por qué las crisis se sienten más duras en los mismos hogares, por qué las herencias deciden destinos y por qué las oportunidades parecen agotarse antes de empezar.

El informe global sugiere caminos que podrían servir a México. Una estrategia que combine salario digno, progresividad fiscal, competencia efectiva y servicios públicos sólidos puede transformar la distribución del crecimiento. Requiere partir de datos confiables y una ética pública que entienda la desigualdad como un límite a la democracia.

La emergencia de la que habla Stiglitz además de económica puede representar una fractura moral que pone a prueba la legitimidad de los sistemas políticos. México tiene frente a sí la posibilidad de cerrar parte de esa brecha con políticas que equilibren el tablero y devuelvan sentido al esfuerzo. El crecimiento vale de verdad cuando amplía la vida de todos, cuando el vértice deja de ser destino y la intemperie deja de ser condena.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la desigualdad lo permiten.

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